Netanyahu denuncia la «traición» occidental y los delegados abandonan la sala
La escena se repite cada mes de septiembre en Nueva York y esta vez el salón se quedó a medias. El primer ministro israelí,
Benjamin Netanyahu, subió al atril de la Asamblea General de la
ONU y, mientras hablaba, numerosas delegaciones se pusieron en pie y abandonaron la sala. Él lo llamó «cobardía» y «traición» de los países occidentales. Y negó de plano que lo que ocurre en
Gaza sea un genocidio: en su relato, es la mentira del siglo.
El «falso genocidio» que unos niegan y otros defienden
La linea de fuerza del discurso es conocida. Quien respalda a Israel sostiene que cada tienda blanca de Gaza se trató durante
dos años como un santuario civil intocable, y que las imágenes de lanzaderas ocultas bajo lonas, banderas negras en las paredes y proyectiles disparados desde el borde mismo de los campamentos desmontan esa cobertura. Esa tesis —que
Hamás usa la población como escudo— es la que Netanyahu presenta como prueba y la que sus críticos discuten sin tregua.
Hay una parte del análisis que no traga con ninguna de las dos lecturas oficiales. Sostiene que la marcha de los delegados no fue espontánea ni heroica, sino un
montaje negociado de antemano: puro teatro con fecha y hora. La sede está en Nueva York, ironizan, y el escenario les quedó demasiado lejos de Broadway.
Marruecos, Ceuta y el flanco comercial que se filtra
Entre el choque diplomático asoma un asunto que a España le toca de cerca. Se argumenta que Israel figura entre los grandes socios comerciales de
Marruecos y que respalda su expansión, con
Ceuta como telón de fondo. No es un detalle menor: mientras el discurso se libra en clave moral, la relación se sostiene sobre contratos.
El apoyo estadounidense a Israel tampoco pasa desapercibido. La alineación de Washington con el gobierno israelí se lee en clave de coste reputacional para la propia administración americana. Del lado contrario, el discurso ultraliberal de
Milei el día anterior sirve de contrapunto para una parte del público: la misma tribuna, guiones opuestos.
Al cierre del discurso, la pregunta que queda flotando no es qué dijo Netanyahu —todos lo sabían de antemano—, sino cuántos de los que se marcharon de la sala vuelven mañana a la misma mesa. Dos años de cobertura, un atril y una silla vacía. El dato que descoloca: la sede sigue en Nueva York, en un edificio pagado entre todos.