Nietzsche, el filósofo al que culpan de la crisis de Occidente
Enero de 1889. Friedrich Nietzsche se abraza al cuello de un caballo que un cochero azota y rompe a llorar. Poco después colapsa, y su salud mental se degrada hasta su muerte, diez años más tarde. Sobre ese hombre —encorvado y con los pies torcidos, según se describió él mismo en una carta de 1861— se ha levantado una acusación monumental: haber destruido intelectualmente el cristianismo, el armazón que vertebró la civilización occidental durante
2.000 años. El resto del cargo es conocido: sus ideas alimentaron a la Escuela de Frankfurt y al Mayo del 68, y hoy funcionarían como coartada del desprecio tecnocrático hacia la población.
Qué se le imputa exactamente
El núcleo de la acusación no es biográfico, sino doctrinal. En
El Anticristo, Nietzsche define lo bueno como todo lo que eleva el sentimiento de poder y lo malo como lo que nace de la debilidad, para rematar señalando a la compasión —y con ella al cristianismo— como lo más dañino que existe. De ahí salta la sospecha: si cada cual legisla su propia moral, cualquier conducta que hoy es delito quedaría legitimada por el simple hecho de afirmar la voluntad de poder. Y de ahí, un salto aún más largo: el desprecio de ciertas élites hacia una población a la que considerarían ganado manejable mediante ingeniería social y vacunas.
Frente a esa lectura, la respuesta más repetida es que se trata de una caricatura. Nietzsche no ensalzaría la moral del amo, sino que la expone como contrapunto para explicar la del esclavo, que sí critica. El problema, se argumenta, no sería Dios, sino la necesidad de una sociedad débil de creer en algo que dé sentido a su vida.
El cristianismo ya estaba agotado antes de que él naciera
Aquí el diagnóstico se invierte. Una corriente sostiene que el cristianismo llevaba muerto mucho tiempo antes de que Nietzsche lo certificara, y que Occidente no se muere por él, sino porque
los buenos tiempos hacen hombres débiles. Otros van más lejos: antes fue el propio cristianismo el que destruyó el mundo clásico, arrasando su huella durante la Baja Edad Media. Las estatuas mutiladas como la Venus de Milo habrían llegado así por el celo de los primeros fanáticos, no por los invasores bárbaros.
La réplica es contundente y tiene nombres propios. La Iglesia fue el único cuerpo organizado que sabía leer y escribir cuando Europa se despoblaba; sin ella no habría quedado nada de los clásicos. Sobre Aristóteles y Platón se construyeron el derecho y la teología medievales. Se cita un dato para dimensionarlo: Roma pasó de
dos millones de habitantes en tiempos de los Antoninos a
20.000 en el siglo IX, y aun así hubo quien copió a mano lo poco que sobrevivió.
¿Genio o autor sobrevalorado?
No todos aceptan el peso que se le atribuye. Los filólogos clásicos despreciaron
El origen de la tragedia por su falta de rigor y método crítico; su obra se leyó poco en vida. Buena parte de su fama llegó cuarenta años después de su muerte, de la mano de una interpretación interesada, y más tarde se reajustó a los intereses de la Escuela de Frankfurt. Incluso Foucault se declaró nietzscheano.
Queda el problema de las traducciones: hay quien sostiene que para leerlo en condiciones hay que saber alemán, y que las notas del traductor son tan importantes como el texto. Curiosamente, los que más provecho le habrían sacado serían los publicistas, no los filósofos: como manual sobre el poder de las palabras.
El hueco que dejó la muerte de Dios
Si la crítica al cristianismo era certera, la pregunta que queda es qué se pone en su lugar. La respuesta más citada es incómoda: el superhombre y el eterno retorno, la idea de que todo lo que ocurre ya ocurrió y volverá a ocurrir, sin cielo ni infierno donde compensar. Una carga tremenda, pero también una liberación. El veredicto más pesimista es que la alternativa propuesta fue, sencillamente, la nada.
El diagnóstico alternativo apunta al llamado drenaje conductual: nos habríamos quedado sin aventuras, sin retos y sin horizontes que el ciudadano medio pueda conquistar con voluntad y tesón. El experimento conocido como
Universo 25 se cita como metáfora de ese colapso: una población con todas sus necesidades cubiertas y ningún reto acaba desmoronándose.
Polonia, Hungría y una coartada incómoda
Hay un argumento geopolítico en la mezcla. Se sostiene que las civilizaciones las crean las religiones, que al desaparecer una son sustituidas por otras que sí la tienen, y que los países que resisten al globalismo —Polonia y Hungría— son precisamente los de creencias cristianas más fuertes. La objeción es que un imperio y el cristianismo serían incompatibles por definición, y que el Imperio Español no era un imperio cristiano por mucho que usara la evangelización para expandirse.
Y queda la anécdota que descoloca a propios y extraños. Ese mismo hombre que proclamó el desprecio a los débiles se abrazó a un caballo para impedir que lo siguieran azotando. Si su
filosofía fuera la del poder sin límite, debería haber animado al cochero a continuar.