Reclutamiento: la pregunta incómoda que se esconde tras el titular
La noticia era perfecta para incendiarlo todo: mujeres sin hijos, reclutamiento, ¿no querían igualdad? Y media conversación mordió el anzuelo. Pero el titular ocultaba letra pequeña: Dinamarca no ha inventado el servicio militar, lo ha ampliado de 4 a 11 meses, y lleva siendo obligatorio desde 1840. La pregunta de fondo no es quién debería ir al frente, sino si alguien debería ir obligado.
Dinamarca, Alemania y la letra pequeña
Los datos que circulan en el análisis desmontan el titular apresurado. En Dinamarca, el servicio militar obligatorio existe desde 1840; lo ocurrido es una ampliación de 4 a 11 meses que afecta a hombres y mujeres. En Alemania, el número de voluntarios para el servicio obligatorio es de solo 340 personas, un dato difícil de cuadrar con las encuestas que presumían de un 66% de apoyo a la medida. O la gente miente en las encuestas, o la distancia entre apoyar una idea y dar el paso es sideral.
Más revelador aún es el contraste con Francia, donde la oposición ha llevado a quemar las calles, según se argumenta. El patrón se repite: los gobiernos europeos empujan hacia la movilización, pero la ciudadanía no responde con el mismo entusiasmo cuando el asunto pasa de la teoría a la práctica.
La trampa del relato: discutir categorías en lugar de principios
La clave del asunto no está en si deben ir primero las mujeres sin hijos, los hombres o las jugadoras de fútbol. Ese es el marco que aceptan quienes caen en la provocación. La crítica de fondo sostiene que aceptar el marco de colectivos —qué categoría es más prescindible— es ya una victoria del relato oficial. Si discutes quién debe ser reclutado primero, aceptas implícitamente que el reclutamiento es legítimo.
La propuesta alternativa es más radical: negarse al reclutamiento en su conjunto, no por cobardía, sino por rechazo a que el Estado decida quién vive y quién muere. Es la vieja tradición de la insumisión, actualizada con un discurso que ve en la movilización forzosa un instrumento de control de la población, no de defensa. Y quien la sostiene no carece de argumentos: si la causa es justa, los voluntarios sobran; si se necesita obligar, algo no cuadra.
El ajuste de cuentas que contamina el análisis
Ahora bien, la conversación no ha seguido ese camino limpio. Una parte sustancial de las reacciones ha derivado hacia un ajuste de cuentas entre géneros, con acusaciones cruzadas de quién ha sembrado el descontento durante décadas. Hay quienes responden que el hombre español no está dispuesto a dar la cara por una sociedad que lo ha relegado, y quienes replican que ese victimismo es precisamente el caldo de cultivo que el poder necesita para dividir.
El resultado es un ruido que favorece al status quo. Mientras los grupos se enfrentan por saber quién merece ser carne de cañón, la pregunta sobre la potestad del Estado para reclutar queda en segundo plano. Nadie parece dispuesto a reconocer que, en el fondo, la pugna entre sexos es una distracción.
La pregunta que nadie quiere formular
Detrás de la polémica sobre Dinamarca y Ucrania asoma una cuestión más incómoda: ¿qué pinta el reclutamiento en países que no están en guerra? El análisis que recorre la conversación lo formula sin rodeos: la carnicería a gran escala en Ucrania estaría en fase de prueba, y el resto de Europa observa. No es una teoría verificable, pero es la conclusión a la que llegan quienes desconfían de la propaganda cuando ven que se moviliza a la población para una guerra que no se explica.
Quizá por eso la única respuesta coherente que emerge es la insumisión: no a un bando, sino al propio mecanismo que convierte a las personas en recursos disponibles para el Estado. Es una postura incómoda, que no encaja en el eje izquierda-derecha y que exige asumir que el Estado no es un árbitro neutral, sino el principal interesado en que no cuestiones el marco.
Si el reclutamiento acaba llegando a España, no será por la vía del consenso racional, sino por la del agotamiento y la normalización previa. La conversación actual, con su ruido y su humo, sugiere que el terreno ya está abonado. Discutir quién cae primero es perder la única pregunta que importaba: si alguien debería caer.