El 45% de las empresas de Gipuzkoa no encuentra personal cualificado
Casi la mitad del tejido empresarial guipuzcoano tiene un agujero que no consigue tapar y lo ha convertido en su primera preocupación. El
45% de las firmas reconoce dificultades para hallar trabajadores específicos, la tasa más alta de su serie histórica, según el diagnóstico de la patronal Adegi recogido por
Diario Vasco. Al mismo tiempo, la inversión productiva cae y el absentismo se ha instalado como segundo frente de costes. La crisis demográfica que llevaba años en los gráficos ha aterrizado en la cuenta de resultados.
Ese es el punto de partida. Lo interesante viene después: cuando se pregunta por las causas, el consenso se rompe en cuatro pedazos que apenas se hablan entre sí.
El problema no es la titulación, es el precio del puesto
Hay una corriente que sostiene que el déficit de perfiles es, en realidad, un déficit de atractivo. El razonamiento se apoya en una comparación elemental: un reponedor de supermercado cobra alrededor de
1.500 euros al mes y a las ocho horas deja el turno cerrado, mientras que un puesto presentado como cualificado ronda los
1.800 y suele arrastrar jornadas de diez horas, disponibilidad fuera de horario y mensajes de la empresa el domingo por la tarde. ¿Quién firma eso?
La respuesta que circula es que casi nadie, y menos con alternativas al lado. La cualificación no se paga: se exige. De ahí una idea incómoda para el empleador,
cualificación y titulación no son lo mismo, y el mercado está lleno de gente con papel y sin oficio, y de oficio sin papel que nadie quiere reconocer en nómina.
¿Por qué el euskera aparece en tantas ofertas?
Porque hay empresas que lo piden o lo valoran incluso en puestos donde no resulta determinante, y porque quien llega desde fuera del territorio lo lee como un peaje que no siempre está dispuesto a pagar. En el diagnóstico crítico se llega a cifrar el fenómeno:
dos de cada tres ofertas lo requerirían o lo puntuarían, según la experiencia de quienes han buscado empleo desde otras provincias.
Ahí chocan dos relatos. Uno cuenta que el requisito se ha convertido en filtro de entrada para perfiles técnicos formados fuera. Otro recuerda que en un mercado pequeño y con administración propia el idioma es herramienta de trabajo real, y quien no lo tiene compite en desventaja. Y encima está el cálculo del que se marcha: si el esfuerzo de aprender una lengua nueva es el mismo, hay quien prefiere invertirlo en francés o alemán y probar al otro lado de la frontera.
Irse fuera: 2.500 euros y un idioma en el currículum
Se repite un argumento de movilidad. Para un sueldo de
2.500 euros, quien está dispuesto a mudarse compara destinos y no siempre gana el propio: Francia o Alemania ofrecerían una cifra parecida, un coste de vida discutiblemente menor y, de propina, un idioma que suma en el CV. Frente a eso, la vivienda cara del territorio funciona como un impuesto silencioso sobre cualquier nómina.
En el otro lado del mostrador la queja es la inversa: hay empresas que descartan candidaturas por el simple hecho de que el aspirante todavía no vive en la zona. Un filtro de residencia que estrecha el radio de reclutamiento justo cuando la
demografía aprieta. El detalle de cómo se aplica ese filtro, contado caso por caso, es lo que menos se cuenta en los informes de coyuntura.
Absentismo: lo que la empresa pone en la balanza
El absentismo aparece en el diagnóstico empresarial como segundo frente, y hay quien lo describe con retranca como el
deporte laboral de la zona: bajas que se encadenan y plantillas que no se pueden planificar. Es la parte del relato donde más se nota quién habla.
Porque la otra lectura es que las condiciones hacen el resto. Se menciona la brecha de hasta
1.000 euros al mes entre trabajadores de la pública y de la privada para funciones comparables, y se discute si el sistema de garantía de ingresos resta incentivo para aceptar según qué empleos. Nadie aporta aquí una prueba y todo el mundo tiene una opinión.
La pirámide que no llega al relevo
Debajo de todo esto hay una cuestión de censos. La crisis demográfica del territorio no es telón de fondo: es el motor. Menos nacimientos, más jubilaciones y un mercado que necesita cubrir huecos con una base cada vez más estrecha. Hay quien lo resume en una frase de pronóstico: dentro de una década el problema no será encontrar cualificados, sino encontrar a alguien.
La llegada de trabajadores de otros países se cuela en la ecuación como paliativo y como polémica. Se argumenta que no siempre traen el perfil que las empresas dicen buscar; se responde que la cualificación se forma y que el problema real es que el puesto no resulta atractivo para nadie, venga de donde venga.
Un precedente de 2005 que entonces nadie citó
La curiosidad la deja una hemeroteca. Hace casi dos décadas, el entonces ministro de Industria animaba desde Bilbao a las empresas españolas a beneficiarse de la
multilocalización, a poner plantas donde saliera a cuenta y a no ver la globalización como amenaza. La cita se reproduce con sorna cada vez que el territorio se queja de que le faltan manos y le sobran costes.
El cuadro se queda sin cierre. Las empresas hablan de escasez, los candidatos de precios, los demógrafos de calendario. Los tres llevan razón en su parte y ninguno mueve ficha, porque el ajuste que propone cada uno pasa por que lo pague otro.