Enola Gay: el nombre de la madre en el avión de Hiroshima
No, no había otro nombre posible. El B-29 que arrasó Hiroshima el 6 de agosto de 1945 llevaba el nombre de Enola Gay porque su comandante, Paul Tibbets, decidió honrar así a su madre. La decisión se tomó la víspera del bombardeo y el nombre se pintó en el fuselaje aquella misma mañana. Décadas después, la pregunta sigue sobre la mesa: ¿es decente que un artefacto de destrucción masiva lleve el nombre de una persona querida?
La víspera del apocalipsis
Los hechos están documentados. Tibbets, comandante del 509th Composite Group, asumió el mando del bombardero el 5 de agosto de 1945 y lo bautizó con el nombre de su madre. El piloto al que sustituyó, Robert Lewis, se llevó un disgusto mayúsculo: cuando la mañana del día siguiente vio el famoso nombre pintado, la furia le duró el resto de la misión. El detalle resulta casi grotesco: mientras uno de los hombres que iba a lanzar la bomba se sentía desplazado por un homenaje filial, otros recordaban que el nombre se había elegido antes de conocer el alcance real de la carga.
Cuando ‘gay’ solo significaba ‘alegre’
Parte de la confusión moderna radica en el lenguaje. En 1945, ‘gay’ era un adjetivo común para alegre y también un apellido con presencia en España. De hecho, en Monzón (Huesca) existió una tienda de muebles con el rótulo ‘Interiorismo Gay’ que acabó cambiándolo por las connotaciones actuales. El cambio semántico convirtió un nombre de pila en un chiste fácil, pero no explica la verdadera cuestión: el avión no se llamaba así para provocar, sino para rendir tributo a una madre.
El museo que incomoda
La crítica más dura no se centra en el nombre, sino en lo que se hizo con él. El Enola Gay se conserva en un museo de Estados Unidos y se expone al público. Una corriente de opinión sostiene que exhibir el avión equivale a normalizar el genocidio; otra responde que ocultarlo sería borrar la historia. Entre medias, la cultura popular hizo el resto: la canción ‘Enola Gay’ de OMD convirtió la hora exacta del ataque, las 8:15, en un estribillo pop que todos tararean sin pensar en los muertos.
¿Y si se hubiera llamado de otra manera?
Las alternativas apuntadas van del cinismo al disparate: desde ‘Charo’ hasta el nombre de la bomba, ‘Little Boy’, que añade más ironía infantil. Pero ninguna habría cambiado el desenlace. El nombre es solo el envoltorio de un hecho que sigue sin digerirse: la primera bomba atómica se lanzó sobre una ciudad habitada, y el hombre que la soltó quería llevar simbólicamente a su madre en la misión.
Quizá por eso el nombre de Enola Gay sigue escociendo tanto: porque humaniza al piloto en el momento exacto en que cometió una acción inhumana. Da igual cuántas veces se explique que era un homenaje filial. El estremecimiento no desaparece, y eso, probablemente, es lo más sano que le queda a la polémica.