Las tareas del hogar se externalizan: 8 euros la hora
¿Cuánto tiempo dedica una pareja joven a limpiar, planchar o cocinar? Cada vez menos. El reportaje de
El Confidencial que ha agitado la conversación parte de un caso concreto: Julia y Daniel, de 28 y 29 años, viven de alquiler en un piso de 50 metros cuadrados, pasan más de diez horas al día fuera de casa y llevaban semanas postergando la limpieza a fondo del baño y la cocina. Acabaron contratando a Gabriela, de 40 años, a través de la aplicación Weber, por
8 euros la hora. El baño quedó como nuevo. La cocina, no. Y a Julia le quedó un poso incómodo cuando la limpiadora se ofreció a quedarse más rato sin cobrar más.
El caso no es una anécdota aislada: es la punta de un cambio estructural en cómo se organiza el trabajo doméstico en España.
De ama de casa a servicio contratado por horas
La socióloga Teresa Alzás, de la Universidad de Extremadura, lo resume sin rodeos: «Hoy vivimos en un mundo acelerado en el que trabajan todos los miembros de una familia y hay menos tiempo para hacer las cosas de casa». Con la incorporación plena de la mujer al mercado laboral, las tareas que antes asumía una figura única —la
ama de casa— se han desplazado hacia el mercado. Quien puede, paga. Quien no, acumula roña y culpa.
El fenómeno tiene respaldo teórico. Helen Hester y Nick Srnicek, en
Después del trabajo (La Caja Negra, 2024), sostienen que la cantidad total de trabajo —asalariado y no asalariado— que hace un individuo occidental ha ido en aumento desde los años setenta. De ahí ese sentimiento difuso de que el tiempo libre se evapora. No es una impresión: es aritmética.
El caso español tiene un agravante horario. La jornada se estira hasta las 18-20 horas, frente a las 16-18 de Alemania, Francia, Finlandia, Italia, Luxemburgo, Reino Unido o Suecia. Llegar a casa a las ocho y ponerse a fregar el baño no es una opción atractiva. Contratar a alguien por 8 euros la hora, sí.
La plancha como símbolo de una época que se apaga
Si hay un objeto que resume el cambio, es la plancha. La catedrática Almudena Moreno, de la Universidad de Valladolid, lo interpreta como un cambio de estilo de vida: «A nivel simbólico, la desaparición del planchado indica un cambio en el estilo de vida cotidiano». La moda rápida, el
fast fashion y la ropa barata hacen que tirar y comprar salga más a cuenta que lavar, planchar y conservar.
Julia lo admite sin drama: le da pereza planchar, si tiendes bien no se nota y tiene cosas más importantes que hacer. Su pareja, en cambio, adora las camisas y plancha «muy de vez en cuando». La negociación doméstica ya no es quién friega, sino cuánto se puede delegar y a qué precio.
El suelo doméstico: 50 metros que se comen a dos personas
Hay un dato que descoloca: un piso de 50 metros cuadrados no debería ser inmanejable para dos adultos. Sin embargo, la conversación se llena de testimonios que describen lo contrario. Un piso de 80 metros «se come» a quien lo habita; uno de 60 entre dos personas exige media hora diaria. La diferencia entre ambos diagnósticos no es el tamaño, sino el tiempo disponible y la energía residual.
La contradicción aparece en cuanto se rasca un poco. El mismo día tiene horas para Netflix, scroll infinito y sofá. La queja no es de falta de tiempo absoluta, sino de prioridades. Y ahí el juicio social se dispara: hay quien califica de dejadez lo que otros llaman agotamiento.
La economía sumergida detrás de la limpieza por horas
El reportaje deja un detalle incómodo: las plataformas tipo Weber conectan oferta y demanda «por un módico precio libre de impuestos». Julia y Daniel, tras la primera visita, intercambiaron teléfonos con Gabriela para evitar la comisión de la aplicación. El circuito se cierra fuera del radar fiscal.
No es un caso aislado. La externalización del trabajo doméstico descansa sobre una fuerza laboral mayoritariamente migrante y feminizada, dispuesta a aceptar condiciones que el mercado formal no ofrece. La conversación lo detecta, aunque no siempre lo nombre: se habla de explotación, de abuelas que sostienen el sistema y de una generación que, cuando desaparezca, dejará un agujero difícil de tapar.
El cansancio como nueva categoría económica
La frase que más se repite no es un cálculo: es un estado. «Siempre están cansados». Personas de 18 a 40 años que llegan al sofá y se derrumban. El agotamiento se ha convertido en el factor determinante de la organización doméstica, por encima del precio, la tecnología o la ideología.
Los electrodomésticos ayudan, pero no resuelven. Hay quien compra cada cacharro que sale al mercado esperando ganar tiempo. El tiempo ganado se lo come otra cosa. Y así, la casa se convierte en un espacio cada vez más privado y menos atendido: se limpia lo justo, se cocina lo mínimo, se plancha casi nunca.
La pregunta no es si esto está bien o mal. La pregunta es quién paga la factura cuando el modelo se agote. Porque las abuelas se acaban, las plataformas cobran comisión y el sofá, al final, no limpia.