Vox y su asignatura pendiente: dejar de ser un partido habichuelo
El partido de Santiago Abascal acumula contradicciones difíciles de explicar desde la coherencia política. Por un lado, critica el enchufismo y la corrupción de los partidos tradicionales; por otro, la gestión local deja ver prácticas similares. La salida de la portavoz de Vox en Bormujos, tras anunciar su matrimonio con una mujer migrante, ha reabierto el debate sobre la capacidad del partido para retener talento diverso y alejarse de los extremos que, según sus críticos, lo convierten en una formación de segunda fila –un «partido habichuelo», en la jerga más gráfica.
El patrón de las fugas internas
No es un caso aislado. Las denuncias por imposición de mociones sin arraigo local –como la del Holocausto– y la contratación a dedo de asesores en diputaciones señalan una brecha entre el discurso de regeneración y la práctica clientelar. El partido se enfrenta a una disyuntiva: moderar el perfil para ser votable fuera de su núcleo duro, o mantener la línea dura y resignarse a techos electorales bajos.
La deuda ideológica que pesa
La dependencia de alianzas incómodas –con sectores que algunos consideran «bajitos adinerados»– lastra su credibilidad. La pregunta es si Vox logrará diversificar sus apoyos internacionales o seguirá atado a un guion que le resta votos entre los españoles desencantados con la política tradicional. Por ahora, las salidas de mujeres y las críticas internas sugieren que el cambio no será inmediato.