Fernando Ónega: el falangista que todos aplauden
El 21 de noviembre de 1975, un día después de la muerte de Franco, el entonces subdirector del diario falangista Arriba, Fernando Ónega, publicó una crónica titulada "¡Oh, capitán!, ¡Mi capitán!" en la que describía al dictador como "su Capitán muerto" y afirmaba que "así sólo mueren los grandes hombres de la civilización". El texto, una paráfrasis del poema de Walt Whitman, no dejaba lugar a dudas sobre su adhesión al régimen. Sin embargo, décadas después, Ónega fue reverenciado como un referente del periodismo democrático, columnista en El País y tertuliano en Antena 3. La muerte del periodista en marzo de 2025 reabrió el debate sobre su pasado y el de toda una generación de trepadores de la Transición.
De Arriba a la chaqueta nueva
Ónega no solo ejerció en el diario falangista, sino que fue jefe de prensa de la Guardia de Franco y escribió los discursos de Adolfo Suárez, el presidente que pilotó la Transición. Críticos señalan que este tipo de figuras simbolizan el "cambio de camisa" que permitió a muchos franquistas reciclarse sin consecuencias. Como se ha señalado, Suárez era un trepador que jamás había leído un libro y que se jactaba de ello; Ónega le daba contenido a su verborrea vacía. El régimen de Franco, argumentan algunos, no era más que un cascarón vacío lleno de arribistas que luego se declararon demócratas de toda la vida.
¿Masón, falangista o todo a la vez?
Algunas intervenciones apuntan a que Ónega también era masón, con pruebas gráficas no verificadas, y que su hija Sonsoles, periodista de la órbita de Letizia, compartiría esa afiliación. No obstante, la mayoría de los comentaristas se centran en su servilismo al poder: fue falangista cuando tocaba, luego demócrata, y hoy sería lo que hiciera falta para mantener su estatus. Ejemplos de ello son los homenajes televisivos que omitieron su pasado, mientras se rescataban sus artículos aduladores a Franco y sus vínculos con la dictadura.
El dato crudo: la Transición como continuidad
El hilo deja claro que Ónega no fue una excepción. Figuras como Francisco Fernández Ordóñez, que fue ministro con Felipe González y antes alto cargo del franquismo, demuestran que la élite del régimen se recicló sin problemas. La conclusión que emerge es que la Transición no fue una ruptura, sino una operación cosmética en la que los mismos trepadores cambiaron de camisa. Mientras, los hijos de aquellos hoy dan lecciones de democracia desde todos los partidos.
La pregunta que queda en el aire: ¿cuántos de los actuales referentes mediáticos y políticos ocultan un pasado similar? El silencio cómplice de la prensa sobre la trayectoria de Ónega sugiere que la respuesta podría incomodar a más de uno.
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