«No se podía saber»: la coartada perfecta de la política económica
Hay una regularidad estadística que ningún indicador macroeconómico recoge: la frase «no se podía saber» solo aparece cuando el desaguisado ya está hecho. Nunca antes. En abril de 2026, con el foco político sobre el Gobierno de Pedro Sánchez, la expresión vuelve a repetirse como un mantra ante los problemas que sí se anunciaron.
La cuestión ya no es si había señales, sino quién decide ignorarlas. El argumentario suele combinar dos movimientos: primero se afirma que la situación era imprevisible; luego, cuando se demuestra que los informes previos existían, se responde que «ahora nos fijamos más». Esa segunda parte es cierta: la atención pública es retroactiva. Lo que no se dice es que los análisis técnicos llevaban meses, o años, sobre la mesa.
La culpa, según el cristal
Del lado de la oposición, la lectura es directa: si los datos estaban y no se actuó, la responsabilidad es política. Del otro lado se argumenta que la gestión de lo imprevisible es justamente el oficio de gobernar, y que convertir cualquier error en una conspiración no ayuda a explicar nada. La paradoja es que ambas partes dan por buena la misma premisa: que el futuro, cuando llega, siempre tuvo línea recta.
La cuestión de fondo no es si el Gobierno de turno debería haber sabido. Es por qué el «no se podía saber» se usa con más fervor cuanto mayor es la evidencia previa. Si la imprevisibilidad fuera cierta, se invocaría también cuando las cosas salen bien. No ocurre.
Pero la pregunta que sobrevuela todas las reuniones del próximo consejo de ministros es más simple: si todo era tan imprevisible, ¿por qué el error siempre cae en el mismo sentido? ¿Por qué la historia se escribe siempre con la misma excusa? Quizá porque esa sí es una previsión que nunca falla.