El mapa desmonta la tesis de que Italia nos ve como a Portugal
Italia mide como máximo 630 kilómetros de este a oeste. España supera los
1.000 desde el extremo occidental de Galicia hasta el oriental de Cataluña. Con esas dos cifras se cae media tesis, la que sostiene que los italianos nos miran por encima del hombro igual que nosotros miramos a los portugueses. La otra mitad aguanta a base de insistencia, porque de esto se lleva discutiendo casi tres años sin que nadie haya movido la posición del contrario.
La tesis: España es a Italia lo que Portugal es a España
El planteamiento se apoya en cuatro columnas. La primera es la meridionalidad: España llega más al norte que Portugal e Italia más al norte que España, así que la escalera de sureños y norteños se reproduciría hacia arriba. La segunda invoca la variedad genética interna, mayor supuestamente entre los extremos de Italia que entre los subgrupos españoles. La tercera es económica: Italia formaría parte del corazón industrial y financiero del continente, mientras España quedaría en el borde. La cuarta cruza pasado colonial y fenotipo y sostiene que cinco siglos de vaivén migratorio con América habrían dejado rastro en el aspecto de los españoles.
Es justo la parte que peor resiste. Se responde que no hay trazas genéticas amerindias apreciables en la población española y que el paralelismo con Portugal se sostiene mal, porque la ascendencia africana en el país vecino no es homogénea ni se reparte como sugiere el estereotipo. La genética de sobremesa siempre fue un deporte de riesgo.
630 kilómetros frente a 1.000: el dato que rompe el paralelismo
La comparación de anchuras es la que hace más daño. Italia no supera los
630 kilómetros de este a oeste en ningún punto; España recorre más de 1.000. Quien defendía el paralelismo sobre la base de una Italia
más grande y más variada se queda sin el segundo eje. Un país puede ser más pequeño y ganar en una dimensión; nunca en las dos. Es contabilidad elemental aplicada a un mapa, y a veces eso basta.
Lo curioso es que el punto de partida, la extensión norte-sur, tampoco decide gran cosa. Italia es más alargada en vertical, sí, pero eso no la sitúa más al norte de lo que algunos creen: Galicia está a la altura de la Toscana y Barcelona a la de Roma. La escalera geográfica se sostiene con alfileres.
Once italianos en España por cada español en Italia
Donde la conversación se vuelve empírica es en los flujos. La proporción que se maneja es contundente: por cada español que vive en Italia hay
once italianos que viven en España. Y no porque aquí se gane más. El movimiento va en sentido contrario al que exigiría la jerarquía que se atribuye a los italianos: si se creyeran tan superiores y a nosotros tan periféricos, la corriente debería ir al revés. Hay relatos de primera mano en esa dirección, de italianos instalados aquí que no quieren volver y de alguno que regresó a su ciudad y a los pocos meses intentaba desandar el camino.
El matiz llega desde otro flanco: buena parte de los italianos que residen en España no son italianos de Italia, sino descendientes de la emigración italiana en América Latina que llegan con pasaporte comunitario. La estadística mide ciudadanías, no orígenes.
Italia se cree el centro del mundo, y no admite discusión
Varias voces coinciden en el diagnóstico: la supuesta superioridad hacia España no es específica. Se ejerce igual frente a franceses, alemanes o británicos. La idea de estar en el centro de la civilización, del arte y del buen gusto se mama desde niño y no se refuta con datos, porque no es un juicio sino un acto de fe. La formulación más repetida —los italianos como
pueblo elegido, pero con razones— resume bien el mecanismo.
De ahí el parecido que algunos subrayan con otro país: ego, chulería, capacidad de venderse como producto global. Gastronomía, diseño, cine, música. La comparación más socorrida es con los argentinos de Europa, y no siempre como elogio. Aunque quien ha viajado mucho por allí añade un detalle incómodo para los dos bandos: quita la pizza y la pasta de un lado y la paella del otro, y la cocina resulta sospechosamente parecida.
El espejo real está en Francia, no en Italia
Frente a la tesis inicial se alza una alternativa que gana adeptos: la relación de condescendencia que aquí se atribuye a los italianos es exactamente la que Francia mantiene con España. El francés culto y bienintencionado, incluso simpatizante, reproduce hacia nosotros una actitud que sí cuadra con la que España tiene hacia Portugal. Con un añadido: Francia ni siquiera guarda resquemor nacional, porque sus traumas del siglo XX lo tapan todo. La enemistad cultural francesa es con lo anglo, no con lo ibérico.
Sicilia, Nápoles y Milán fueron españolas
El otro gran contrapeso es histórico. Italia es un país de
menos de 150 años; hace 400, España controlaba Sicilia, Nápoles, Milán, el Palatinado y Flandes. Presentar a España como la
prima pobre de Italia exige olvidar qué península mandaba en la otra. Y hay un segundo olvido: el sur de Italia no siempre fue el hermano pobre. Antes de la unificación no estaba peor que el norte; la industria se montó arriba después, en parte por cercanía al resto de Europa. El tópico del sur atrasado es hijo de la unificación, no de la geografía.
Queda la pregunta de fondo, la que ninguno de los dos bandos cierra del todo: si las cocinas se parecen, las lenguas se entienden a medias y las ciudades se copian, ¿de dónde sale la necesidad de colocar a uno por encima del otro? Puede que, precisamente, de parecerse demasiado.