Debate por el perfil de Tulsi Gabbard para dirigir la inteligencia de EE.UU.
Una teniente coronel con un despliegue a sus espaldas. Ese es el punto de partida que se discute cuando se pone el foco en la designación de Tulsi Gabbard para dirigir la inteligencia estadounidense, un nombramiento que se lee en clave de contraste con lo que hay al otro lado del Atlántico. La conversación arranca con una comparación explícita: frente a la nueva responsable, se recuerda a
Esperanza Casteleiro, directora del CNI, y el juicio que se hace de la española no es amable. «La nuestra parece una momia», resume una intervención. El eje del asunto, sin embargo, no es el currículum: es qué se entiende por mérito y qué por compadreo.
Qué se sabe del nombramiento y de su perfil militar
El dato que más se repite es su grado:
teniente coronel, dos escalas por debajo de general. Quien lo defiende subraya que no es un despacho prestado, sino una carrera con destino en zona de guerra. Se afirma que participó en la
guerra de Irak. Sobre ese punto se abre una discrepancia que recorre toda la conversación: una parte sostiene que su experiencia se limita a asistencia sanitaria, administración o camilla, y que no consta que haya dirigido campañas. La respuesta es que el grado y el despliegue no se regalan.
El currículum, en cualquier caso, no es lo único que se pone sobre la mesa. Se discute si un servicio de inteligencia exige un perfil de gestor con años de despacho o si basta con mando operativo. Hay quien espera a un ex alto cargo del FBI «con el culo pelao de estos asuntos» y hay quien responde que, al menos, parece una soldado competente. La comparación con España vuelve una y otra vez: se sostiene que aquí los ascensos responden a compadreo de despacho y que el último presidente del Gobierno que había ascendido por méritos militares fue
Carrero.
El argumento del físico y por qué no se sostiene
Una parte del intercambio se detiene en el aspecto físico de la designada. Se la describe como alguien que va «más apretada que los remaches del Titanic» y se asegura que su presencia responde a criterios estéticos y no profesionales. El argumento se cae solo:
estar en forma no tiene relación con ser un buen analista táctico o estratega. La réplica es contundente y no necesita adornos: los talibanes están en los huesos y llevan más de diez años resistiendo, y los vietnamitas igual. El físico no explica nada de una guerra.
Donde sí hay coincidencia es en la sospecha sobre el relato. Una intervención resume el clima: «Con la movida del coronavirus, se han dado cuenta lo facilísimo que es manipular a miles de millones de personas sin necesidad de misiles ni invasiones. Con solo meter miedo es suficiente». La frase no habla de Gabbard, habla de cómo se percibe la maquinaria de la comunicación política.
La etiqueta ideológica que no encaja
El perfil político de Gabbard genera más confusión que acuerdo. Se la sitúa como una progresista cansada de lo woke y del antipatriotismo demócrata, pero se añade que sigue siendo progresista. Otro mensaje la coloca en el entorno de la nueva administración estadounidense junto a Trump, Musk y Kennedy, y remata: «veremos qué pasa». La conclusión más repetida es incómoda para las etiquetas:
el Gobierno de Trump es lo que en los 80 se habría llamado liberal-progresista, y solo la degeneración del marco político lo ha desplazado a la ultraderecha.
Esa confusión alimenta las teorías. Una línea de intervenciones sostiene que todo el entorno de Trump es «sionismo illuminati anti blanco comunista WEF camuflado de patriota», y que las figuras que se presentan como adversarias están en realidad coordinadas. Son afirmaciones sin prueba que circulan por el hilo y que no se sostienen con ningún documento. También aparece la etiqueta de conversa, aplicada con retintín: «los que tienden a ser los peores».
Del CNI a la inteligencia artificial: el debate de fondo
El contraste con España no se agota en el nombre de Casteleiro. Se menciona que la nueva responsable ya no ocupa el cargo desde
diciembre de 2024, un apunte que descoloca a quien seguía la conversación como si fuera actual. Y se cuela una propuesta irónica: mejor poner al frente de la inteligencia a alguien con experiencia en inteligencia artificial. La broma esconde una pregunta seria sobre qué competencias debe tener quien dirige un servicio secreto.
El cierre del intercambio no resuelve nada. Se apunta que la nueva administración estadounidense comparte perfil en casi todos sus nombres y que el resultado está por ver. La única certeza que deja el material es incómoda:
el porcentaje de acierto de un nombramiento así no se mide en titulares, se mide en años.