La nueva normativa de etiquetado de conservas: más transparencia o nueva traba al sector
A partir de 2026, las latas de sardinas, mejillones, almejas y berberechos que llenan las estanterías de los supermercados españoles llevarán un etiquetado más preciso. La norma, que acaba de ser publicada, obligará a especificar la especie exacta y el origen del pescado, cerrando la puerta a sustituciones o denominaciones genéricas que han permitido durante años que un “atún” no siempre fuera auténtico atún.
Dos lecturas de la misma medida
La iniciativa se presenta como un avance en la protección del consumidor. Hasta ahora, era posible encontrar conservas etiquetadas como “atún claro” que en realidad contenían otras especies, o latas cuyo origen — desde aguas de Fukushima hasta caladeros en litigio — quedaba oculto tras una maraña de letra pequeña. Con el nuevo etiquetado, el comprador sabrá exactamente qué pescado está comprando y de dónde viene. Para algunos, es un golpe de transparencia largamente esperado.
Sin embargo, otra corriente ve en esta regulación una nueva vuelta de tuerca burocrática que encarecerá los costes de producción y, al final, repercutirá en el precio. La sospecha de que se trata de un movimiento para reventar al sector conservero nacional — obligado a competir con importaciones de países con estándares más laxos — recorre la discusión. No faltan tampoco quienes lo interpretan como parte de una agenda más amplia de control alimentario que, de aquí a 2030, promete convertir la cesta de la compra en un campo de minas normativo.
El origen del pescado, un tema espinoso
La cuestión del origen añade una capa geopolítica al debate. La referencia al banco pesquero canario-sahariano, aguas que España considera propias pero cuya explotación es objeto de disputa con Marruecos, tensa aún más el asunto. En un contexto donde la trazabilidad del atún desde Fukushima es casi imposible para el consumidor medio, saber que la normativa obligará a declarar la zona de captura se antoja un avance, pero también abre la puerta a que se cuelen en la despensa española productos de caladeros que antes quedaban fuera del radar.
Con todo, la norma está en fase de implantación y no será plenamente efectiva hasta dentro de dos años. Queda por ver si la letra pequeña de la regulación cumple lo que promete o si, como ocurre tantas veces, el etiquetado preciso se convierte en otro eslabón de la cadena de costes que acaba pagando el consumidor.
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