El ataque que dejó a Ucrania sin luz: entre 72 y más de 180 misiles
Diciembre de 2022. El recuento oficial habla de
72 misiles. Otras fuentes elevan la cifra por encima de los
180 y describen hasta cuatro oleadas, con bombarderos estratégicos sobrevolando el país durante horas.
Ahí está el lío: en un ataque de esta magnitud nadie tiene la cuenta exacta y cada parte tiene interés en que su versión sea la que quede. El dato de arranque, atribuido a medios ucranianos, hablaba de «más de 70 misiles en Ucrania en una hora», con un salvo total de 72. Media conversación saca la misma conclusión: puede ser el mismo ataque contado dos veces y con dos números distintos.
¿Objetivos militares o ataque a la infraestructura civil?
Una línea de análisis sostiene que el único objetivo real es la infraestructura civil y que con ello solo se malgastan los pocos misiles y drones disponibles, porque buena parte acabaría derribada y el resultado en el frente no se movería un milímetro. Frente a eso, otra lectura recuerda que el bombardeo de retaguardia ha formado parte de todas las guerras modernas y que discutir ahora su utilidad, cuando las dos partes llevan toda la vida bombardeándose, es una ingenuidad difícil de sostener.
El reproche a los primeros es que convierten en excepcional algo que es la norma. El reproche a los segundos es que no explican por qué se eligen objetivos que no alteran una sola línea del frente. Y debajo del intercambio de etiquetas queda una pregunta práctica que casi nadie aborda: si el objetivo es militar y el resultado no se mide en el frente,
¿cómo se evalúa el éxito?La red eléctrica, el verdadero daño medible
El efecto tangible no está en las trincheras sino en los enchufes. Los informes que circulan hablan de
nodos eléctricos caídos y de grandes ciudades sin suministro. Un cálculo que se repite apunta a que las torres eléctricas de repuesto escasean ya en toda Europa precisamente por los envíos previos a Ucrania, lo que convertiría la reparación en un problema de años y no de semanas.
El daño llega al detalle doméstico. Se relata el caso de una ciudad donde un edificio nunca sufrió cortes y varios vecinos elevaron una queja; ahora todos están a oscuras.
El detalle tiene su gracia. La consecuencia no: sin luz no hay agua caliente, ni cocina, ni industria, ni comercio. Y el invierno no espera a que se reponga el transformador.
¿Se está quedando Rusia sin misiles?
Es el argumento más repetido. El agotamiento del arsenal ruso se situó por primera vez en abril y se ha repetido cada mes desde entonces, mientras los lanzamientos siguen produciéndose. De ese choque nacen dos lecturas opuestas: que cada nueva oleada es la última, o que la escasez es relativa y que el problema real es el ritmo de producción, no la existencia de stock.
Sobre esa base circulan versiones que hablan de compras o cesiones de misiles a terceros países, aunque se trata de afirmaciones que la propia conversación maneja como rumor sin confirmar. La cifra final que algunos dan para este ataque —
menos de 60 proyectiles— alimenta la tesis del desgaste. No la cierra.
V1, Hiroshima y el manual de las analogías
Los paralelismos históricos aparecen sin pedir permiso: los
V1 alemanes sobre Reino Unido, los bombardeos aliados sobre ciudades alemanas que causaron cientos de miles de muertos civiles, y las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Sobre estas últimas se saca a relucir una reflexión posterior atribuida a un alto mando estadounidense, según la cual los japoneses ya estaban dispuestos a negociar y no hacía falta emplear «esa cosa horrible».
Otros matizan: Tokio buscaba ante todo proteger al emperador y la rendición incondicional exigida lo hacía inviable. El uso de todas estas analogías tiene el mismo problema de siempre. Se colocan para justificar o para condenar, rara vez para entender.
La cuenta que no cuadra
Al final queda la aritmética. Un bando dice haber derribado más proyectiles de los que el otro reconoce haber lanzado. El otro asegura que el ataque alcanzó todos sus objetivos. Las cifras crecen, se contradicen y ninguna auditoría independiente las separa. En una guerra de información, el número es tan arma como el misil.
Lo comprobable es que las ciudades se quedaron a oscuras. ¿Cuántas de esas horas sin luz se deben a los proyectiles y cuántas al relato de cada bando? Eso, por ahora, no lo responde ningún comunicado.