El camino al corazón es el camino de la consciencia
Llamamos corazón al centro cardiaco, al cuarto chakra, al cuarto nivel de consciencia al cual podemos llegar. Toda la energía en el universo está ordenada desde lo grueso a lo sutil y se manifiesta a veces, como un continuo “degradé” y otras como niveles claramente diferenciados, marcados por fenómenos que podríamos llamar puntos de fase. Puntos de encuentro, de sincronización, de convergencias, de uniones, a partir de los cuales la energía nuevamente continua su camino como millones de vectores y vuelve a mostrar su mágica faceta de infinita diversidad.
Estas marcas en el camino o puntos de fase, en oriente se llaman chakras. La palabra chakra significa literalmente rueda y se comportan en la práctica como “puertas” que permiten el ascenso y descenso de la energía. De esta manera y a través de ellos fluye la energía del universo ascendiendo y descendiendo, conectando el “corazón del cielo” con el “corazón de la tierra” y en el medio de esta maravilla ¡nuestro corazón!
Nuestra consciencia empieza su viaje descubriendo y reconociendo la energía más gruesa, la realidad material.
Una vez reconocida y comprendida esta energía sigue su desarrollo y comienza a percibir otras energías no materiales, menos evidentes. Un buen ejemplo podría ser “las emociones”. Empezamos a reconocer – aunque no plenamente conscientes- estados de ánimo que originalmente son el impacto de la energía material sobre nuestro ser.
El frío, el hambre, el cansancio, el dolor, la alegría, hasta que empezamos a reconocer emociones más sutiles como la esperanza y la dicha a la par de toda la gama de emociones negativas como los celos, la envidia, el orgullo, la ira, etc.
Para la mayoría de las personas el trabajo de reconocer y hacer conscientes todas sus emociones puede tardar toda una vida. Digo solamente reconocerlas, otra cosa es trascenderlas.
El siguiente nivel de percepción es darnos cuenta de nuestros pensamientos. A este punto ya llegan muy pocas personas, porque generalmente nos identificamos tanto con nuestros pensamientos y nuestras creencias que no existe una clara separación entre nuestro ser y nuestro pensar, entre el pensador y lo pensado. Asumimos como propio y como nuestra esencia un mecanismo que es más una reacción (ante los estímulos) que una acción consciente y dirigida. “Yo quiero pensar algo, yo elijo pensar algo, yo decido pensar algo” son opciones que no están disponibles para la mayoría porque todavía el pensamiento es parte de un proceso mecánico que simplemente reacciona ante las emociones, al igual que las emociones reaccionan ante la materia.
Estos tres niveles conforman el circuito básico por donde circula nuestra energía y cada nivel interactúa y afecta al siguiente, formándose un sistema cerrado de permanente retroalimentación. La materia afecta nuestras emociones, nuestras emociones afectan nuestros pensamientos y nuestros pensamientos crean nuevas emociones que afectan nuestra materia. Así podríamos vivir millones de años si no fuera porque nuestro tiempo en la tierra es finito.
Algo tiene que pasar, algo tiene que madurar para poder percibir este circuito que no es otra cosa que lo que llamamos el “sueño” de la vida, la gran ilusión, nuestra encantadora “Maya”.
Dentro de este espacio podemos crecer, tener descendientes, creernos importantes, sabios, espirituales o lo que nosotros queramos o peor aún lo que las circunstancias quieran, sin lograr percibir el siguiente nivel de existencia o el posterior desarrollo de nuestra consciencia.
Este “algo” que tiene que pasar, algunos lo llaman el “choque consciente” que es una energía que viene de afuera pero también viene de adentro. No se puede violentar pero si, es fruto del esfuerzo sostenido, se dará sencillamente por la propia maduración y por cómo hemos caminado en esta vida. Tiene que ver más con lo que ahora llamamos “inteligencia emocional”. Cómo cada uno maneja sus emociones y logra una clase de pensamiento que nos va liberando o esclavizando.
En cada nivel se encuentra un chakra que actúa realmente como una puerta o válvula que permite el flujo de la energía (de forma similar a como la pupila en el ojo reacciona ante la luz). Los chakras también reaccionan ante la luz –representada por la verdad y lo verdadero- permitiendo que la energía ascienda y junto con ella nuestra consciencia.
Cada vez que cualquier energía toca nuestro ser, esta demanda de nosotros una respuesta; del tipo de respuesta que damos ante la vida depende que la energía ascienda o se detenga, que la consciencia suba de nivel o se detenga. Simplemente, tenemos que aprender a discriminar entre lo verdadero y lo falso, lo propio o lo impropio, lo “correcto” o lo “incorrecto” ante cada situación.
No hay juicio ni culpa que valga, esto es solo parte del gran engaño, la ley de la vida se basa en la experiencia ensayo-error. Solo depende de cuántas ganas le ponemos y en cuanto tiempo queremos hacer el trabajo.
Cada una de estas puertas tiene su propia llave y claramente podemos ver que la cerradura de la puerta del tercer nivel al cuarto es muchísimo más compleja.
Aquí se expresa una de las manifestaciones más claras de la sabiduría divina que no permite que ascienda al siguiente nivel una energía que no está correctamente purificada, pues tendría acceso a un conocimiento que si cayera en malas manos podría causar gravísimo daño.
Esto está perfectamente contemplado y previsto de manera que sea imposible el acceso a la consciencia del corazón (cuarto nivel) por la energía del ego, pues intentaría manipular el conocimiento y el poder para su propio beneficio.
Ciertamente que dentro de estos tres niveles del mundo mental o material también hay un poder y se puede causar un daño relativo, pero no se compara en nada con el verdadero poder del amor.
“Si has comprendido el misterio,
de nuestro hermano mayor,
que su más grande secreto,
es el poder del amor.
Si has empezado un camino,
Si has comprendido por qué,
Tienes que amar en secreto,
Tienes que gritar también
Que el universo te escucha
Y las estrellas te ven.”
(Del álbum: “Canciones de medicina II”)
Por eso el verdadero camino no te puede hacer grande, ni rico, ni injustamente famoso, pues contradice la esencia de una ley mayor: Grande es el que da, no el que quita.
Me postro a los pies de esta inteligencia suprema que puso una puerta de seguridad inviolable ante el egoísmo, para que el verdadero conocimiento nunca caiga en manos de farsantes o de personas que solo buscan aprovecharse de los demás.
Si uno no comprende que todo lo aprendido debe ser puesto al servicio del bien común entonces no aprendió nada. Esta es la llave de la tercera puerta, no hay manera de falsificarla, simplemente es lo que es.
Aquí termina todo el laberinto del egoísmo, de todos los procesos personales que creen que solo rezando, meditando o yendo a ceremonias van a elevar su consciencia y solo consiguen engordar su ya obeso ego.
Volviendo al orden natural -de lo grueso a lo sutil- es importante mencionar la relación directa de estas tres puertas con nuestras tres manifestaciones: Lo que hago es la llave de la primera puerta. Lo que digo es la llave de la segunda y lo que pienso la llave de la tercera. Tan simple como esto, hacer el bien, decir el bien, pensar el bien.
Por eso es tan difícil en estos tiempos lograr cierta claridad, pues estamos metidos en un sistema donde estructuralmente muchas cosas están mal y esto hace extremadamente difícil tan solo cruzar de la primera puerta a la segunda.
Cada vez me sorprende lo difícil que se me hace tomar simples decisiones que afecten lo menos posible a la Progenitora Tierra o al revés, que honren nuestro compromiso de amor y respeto para con ella.
Ya no sé si comprar una escoba de fibra natural - que viene de una palmera de la selva- o una de plástico (que es de petróleo), un piso de madera o uno de plástico.
El punto es que mientras no asumamos este tipo de consciencia es pura imaginación y delirio el pretender elevarnos a otros niveles y mucho menos al corazón que es donde sentimos verdaderamente la voz de la Progenitora Tierra diciendo: “Descendiente, basta por favor”. Es tiempo de cambiar, de madurar.
Solo el tratar de “hacer el bien” a nuestra Progenitora Tierra ya nos pone en un distinto nivel de consciencia desde donde podemos seguir trabajando pero en forma real.
No hay religión sin amor, ni amor que no empiece por la progenitora.
Alonso del Río, Los Cuatro Altares. El libro de la liberación