En la pequeña y antigua ciudad de Lumen, la luz nunca se extinguía por completo. Incluso cuando el sol se escondía detrás de las montañas, la luna y las estrellas se encargaban de mantener la ciudad iluminada. Pero algo particular sobre Lumen era la serie de faroles encendidos que flanqueaban cada calle y cada esquina. Estos faroles eran la viva imagen de la constancia, la persistencia y la eternidad.
En Lumen, existía una leyenda sobre los portadores de luz, individuos designados para mantener los faroles brillantes y encendidos. El primero fue un anciano sabio, el segundo un joven audaz, pero la historia sobre el tercer portador siempre parecía envuelta en un aire de misterio y enigma.
El tercer portador, a diferencia de los dos primeros, no fue elegido por los antiguos consejeros de la ciudad, ni tampoco era especialmente destacado en términos de fortaleza o sabiduría. Este tercer portador era un individuo común y corriente, con una apariencia sencilla y una voz suave. Al principio, la gente de Lumen se mostró escéptica. ¿Cómo podría este ser, aparentemente tan ordinario, continuar el legado de mantener la luz de la ciudad?
Pero el tercer portador demostró ser diferente en muchos aspectos. Su método de cuidado no era imponente ni elaborado. En lugar de proclamar sus logros o buscar el aplauso de la multitud, prefería trabajar en silencio, bajo el manto de la noche. Sus herramientas eran simples, una jarra de aceite, un paño de lino, y su único acompañante, un gato gris que lo seguía a todas partes.
No pasó mucho tiempo antes de que los habitantes de Lumen notaran que la luz de sus faroles brillaba con un brillo diferente, una luz que parecía tener un matiz más cálido, más acogedor. Los faroles, bajo el cuidado del tercer portador, parecían más vivos que nunca, como si cada uno albergara un pequeño sol.
Y es que el tercer portador había entendido algo que otros no hicieron antes: que la luz no es sólo una cuestión de intensidad. Se había dado cuenta de que mantener la luz no era una tarea que pudiera ser realizada con fuerza o sabiduría solamente, sino con el corazón.