Un albañil de Granada cobra cuatro años de vacaciones que su empresa le negó
Cuatro años sin un solo día de descanso. El discurso de la empresa era el de siempre: “somos una familia”, “hay que arrimar el hombro”. Cuando la constructora cerró de un día para otro, el trabajador se encontró en la calle sin indemnización y sin vacaciones. Ahora, una resolución judicial le da la razón y obliga a la empresa a pagar ese periodo no disfrutado.
El caso es un ejemplo perfecto de lo que ocurre en el sector: la retórica de la lealtad como coartada para la explotación. No es un caso aislado. Las jornadas de más de diez horas sin cotizar, los contratos firmados a la baja y las inspecciones que miran hacia otro lado forman parte de la rutina de muchas obras.
La inspección que no llega a la obra
Mientras en los bares de un pueblo de fiestas patronales la Inspección de Trabajo se presentó con la Guardia Civil y lo registró todo hasta el último rincón, en las obras la cosa cambia. El contraste no es nuevo: la presión inspectora se concentra en sectores visibles y con horarios regulares, mientras la construcción, con su subcontratación en cascada y su movilidad, se queda en el limbo.
El FOGASA y el final del recorrido
Cuando la empresa quiebra y no hay fondo que responda, el trabajador acaba en las listas del FOGASA, con sus límites y sus retrat. La indemnización por vacaciones no disfrutadas acaba siendo un consuelo menor frente a años de renuncias forzadas.
El dato que descoloca: cuatro años de vacaciones negadas caben en una sentencia, pero la cultura que las hizo posibles sigue intacta. Mientras no haya inspecciones serias en el ladrillo, la próxima víctima ya está en la nómina de alguna constructora.