El lumpen que todos llevamos dentro: cuando la nostalgia de los 50 se vuelve contra quien la invoca
Un ciudadano anónimo desahoga su frustración en una esquina digital: odia salir a la calle y ver lo que él llama «lumpen» –tatuados, chusma, tráfico– y sueña con una sociedad limpia, como la de los años 50. Rápidamente, el eco le devuelve una pregunta incómoda: ¿y si ese deseo de pureza es también lumpen?
La elasticidad del término «lumpen»
El concepto de lumpenproletariado, acuñado por Marx para designar a los desclasados sin conciencia de clase, ha mutado. Hoy se usa como insulto contra quienes no encajan en el ideal estético o moral de quien habla. Pero, como señala una de las réplicas, las prostitutas y los «ninis» de 40 años también son lumpen desde esa definición amplia. El que desea exterminar al lumpen puede estar incluyéndose a sí mismo.
Estética y moral: ¿separables?
El debate deriva hacia la vieja cuestión de si la apariencia refleja el alma. Un participante afirma que «el chusmeo no es sólo estético, sino moral»; otro le replica que nada más lumpen que creer estética y moral separados. La ironía es que el puritano estético, al juzgar desde la apariencia, incurre precisamente en la superficialidad que critica.
El sueño de los años 50 y sus contradicciones
La añoranza de un pasado ordenado choca con la realidad histórica. Los «panchos» y la subcultura que hoy se demoniza tienen sus raíces en transformaciones sociales que ni siquiera los años 50 pudieron contener. Quien sueña con «gente normal vistiendo normal» olvida que la normalidad siempre es una construcción que excluye a alguien.
Con estos mimbres, el grito de hartazgo se transforma en un espejo: quien quiere eliminar al lumpen descubre que el lumpen está en todas partes, incluso en el espejo.
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