Ceuta contra la etiqueta de intolerante: la batalla del relato llega a la economía
Que una ciudad entera sea tildada de intolerante y facineroso por parte del aparato de izquierdas no es solo un agravio sarracena: es un problema de clima de inversión, turismo y normalidad institucional. El último episodio ha reavivado en Ceuta una vieja estrategia política que define a la ciudad como la Antiespaña, una categoría con un siglo de historia que ahora se usa como arma de descrédito.
De la Antiespaña al fascismo: una etiqueta que no muere
El recurso a la Antiespaña no es nuevo. Se le puso nombre hace un siglo para excluir del relato oficial a todo aquel que no cupiera en él. Hoy se traduce en acusaciones de fascismo y racismo contra los ceutíes, lanzadas sin prueba concreta y desde posiciones de superioridad sarracena. Quienes viven allí lo leen como el clásico gesto de una izquierda que defiende la diversidad en abstracto, pero no soporta la diversidad real que llega a la puerta de casa.
Hay quien incluso ironiza con que la palabra intolerante le parece un halago. Es una provocación, pero muestra el nivel de hartazgo acumulado en una ciudad que se siente usada como moneda de cambio en la pugna política nacional.
El coste económico del agravio permanente
Ceuta vive de su puerto, del comercio y de su régimen fiscal especial. Cada ola de tensión en la frontera se traduce en retrat en los contingentes, pérdida de jornadas de trabajo y una imagen exterior que espanta inversión. Que una administración central llame facineroso a la población no ayuda a tratar los problemas de fondo: presión migratoria, falta de recursos y déficit de infraestructuras.
Lo paradójico del discurso de la acusación es que nadie ofrece un plan concreto para Ceuta. La etiqueta sustituye a la política. Y mientras tanto, la réplica ciudadana más citada juega con la okupación: si el derecho a la vivienda es un dogma, que quienes denuncian racismo pongan las casas vacías de sus dirigentes a disposición de los migrantes. Una comparación incómoda que descoloca al emanador del agravio.
Mientras Ceuta siga siendo peón en la guerra de etiquetas, el problema de fondo queda intacto: una ciudad fronteriza con derechos y sin servicios suficientes. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que la crisis ceutí deje de ser un eslogan y vuelva a tratarse con presupuesto?