IA y robótica: el espejismo de la prosperidad que nadie se cree
Elon Musk lo anuncia a bombo y platillo: una era de abundancia gracias a la inteligencia artificial y la robótica, con renta básica universal incluida. Pero en los círculos económicos que miran los datos, no el relato, la reacción es de escepticismo profundo. No es negacionismo tecnológico: es que los primeros indicios sobre el terreno apuntan exactamente en la dirección contraria.
Capgemini: el primer ERE «explicado» por la IA
A principios de 2025, la consultora tecnológica francesa Capgemini —11.000 empleados solo en España— anunció un ERE justificado explícitamente por el impacto de la inteligencia artificial. En Francia ya había planteado 2.400 despidos, el 7% de su plantilla en el país galo. Lo llamativo no es el ajuste, sino que la empresa no atraviesa dificultades: ganó más de 1.600 millones de euros en 2025, con ingresos y márgenes al alza. El argumento de la «reubicación por IA» se convierte así en coartada para engordar el beneficio a costa del empleo. No es un caso aislado: otros gigantes tecnológicos siguen la misma hoja de ruta.
El cuello de botella energético que nadie menciona
El relato de la cornucopia automatizada choca contra un límite físico: la energía. La IA es, proporcionalmente, la tecnología más intensiva en consumo energético de la historia, y se prevé que supere al de los motores de combustión. A esto se suman el pico de recursos como el fósforo y las tierras raras, junto con la degradación acelerada de bosques, acuíferos y mares. Desde esta perspectiva, la promesa de una abundancia material para todos resulta, cuando menos, ingenuamente optimista. Lo más probable, apuntan, es que la IA acelere la concentración de riqueza en un pequeño porcentaje de la población, mientras el resto compite por migajas.
Renta básica ¿para quién?
La propuesta de una renta básica universal como colchón frente a la automatización masiva despierta tantas dudas como expectativas. Por un lado, está la cuestión de los incentivos: si las máquinas hacen todo mejor, ¿qué estímulo queda para formarse o esforzarse? Por otro, el agujero fiscal que supondría mantener a 8.000 millones de personas sin trabajar. Y en el plano político, la sospecha de que las élites no compartirán el botín: el escenario «Elysium» —un puñado de privilegiados y el resto condenados a la pobreza— aparece con frecuencia entre los analistas más escépticos.
La edad de jubilación ya se ha elevado a los 67 años en muchos países, justo cuando se predice que el trabajo escaseará. La contradicción es tan evidente que no requiere más comentario.
Entre la promesa de abundancia y los primeros despidos por IA, el debate queda abierto. Lo que está claro es que el reparto de la futura prosperidad no se está negociando en foros sino en los consejos de administración. Y hasta ahora, el historial de la tecnología no invita a confiar en que el resultado sea equitativo.
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