El rojo-rico: lujo privado con relato público de izquierdas
El rojo-rico existe y su propia contradicción es la mejor definición. El arquetipo —renta alta, discurso de izquierdas, causas sociales en el escaparate y distancia física de casi todo lo que dice defender— se ha convertido en materia prima de la burla política española. La descripción más repetida es una cadena de incoherencias: quien proclama que viajar cura el fascismo y luego solo pisa países europeos, o resorts de lujo cuando sale del continente. Quien explica al trabajador que no coja el coche viejo mientras aparca un todoterreno de gama alta. Y el escalón superior: el jet privado, justificado con el argumento de que «no tiene tubo de escape» y por tanto contamina menos.
Qué es exactamente un rojo-rico y por qué se usa como reproche
No hay definición académica. Hay una lista de gestos que circula por el hilo. El amor declarado a la multiculturalidad que convive con vivir lo más lejos posible de esa realidad. El veganismo de menú que se desmonta con una bandeja de gambas. El verano de acogida —el menor saharaui, la niña llegada de Chernóbil hace décadas— como escaparate solidario, con el resto del año sin roce alguno con ese mundo. El reproche incluye también una doble moral en el terreno personal, ese en el que el arquetipo exige a los demás lo que no se aplica a sí mismo.
Los nombres que se repiten al aplicar el término
El término se cuelga de cargos y caras conocidas: algún presentador de televisión convertido en emblema del perfil, ministros y expresidentes socialistas a los que se escudriña el patrimonio, y algún exdirigente recordado por su afición a la gasolina barata o por ser «el hombre más ahorrador de España». Del Gobierno actual se dice, de momento, que no hay material. Todo esto circula como sospecha y como chanza, no como dato verificado.
El contraataque: «al menos no quieren volver al siglo XIX»
La defensa llega desde otro flanco. Nadie es perfecto, viene a decirse, pero este perfil no propone desmontar la sanidad ni las pensiones para volver a fábricas con niños trabajando. Y hay una vuelta de tuerca más incómoda para el votante de izquierdas sin patrimonio: el reproche se extiende a quien vota lo que no le conviene y aplaude lo que le empobrece.
Con estas piezas, el término tiene cuerda para rato. Si el rojo-rico desaparece del lenguaje político, será más probablemente porque otro arquetipo peor lo haya sustituido que porque las incoherencias se hayan corregido.