El negocio de la prostitución sobrevive a todos los gobiernos
¿Alguien se cree que una ley va a acabar con la prostitución? Cada poco la política española reabre el debate sobre la abolición del trabajo sexual, y el resultado es siempre el mismo: ríos de titulares, alguna comisión y cero cambios normativos de calado. La pregunta incómoda es por qué, y la respuesta se escapa del argumentario oficial.
Prohibir para no conseguir nada
Una de las corrientes más repetidas sostiene que ilegalizar la prostitución sin un plan de acompañamiento real solo empujaría la actividad a la clandestinidad. Brasil y Tailandia se citan como prueba de que la ilegalidad no reduce el ejercicio. El caso francés, con anuncios de escort proliferando en internet mientras los burdeles desaparecen, se usa para ilustrar que la demanda encuentra cauces alternativos.
La curvatura política del debate
Hay quien va más allá y señala un cálculo electoral. Los partidos mayoritarios evitan tocar el asunto por miedo a perder votos de un electorado masculino que no ve con malos ojos el consumo de servicios sexuales. La tolerancia social, se argumenta, es frágil y se erosiona poco a poco, como recuerda la paráfrasis del poema atribuido a Niemöller que circula en redes: cuando prohibieron los toros no protesté, cuando prohibieron la prostitución ya no quedaba nadie.
Mientras tanto, el negocio sigue. Ni el abolicionismo más ruidoso ni la indignación selectiva han logrado cerrar un local. Quizá porque prohibir de verdad tocaría un pilar del ocio masculino que nadie quiere asumir. Y mientras esa cuenta no cuadre, la ley seguirá mirando hacia otro lado.