«Yo la daba»: el chiste que sustituye al argumento sobre una política
«Pues yo la daba». Cuatro palabras, ninguna coma y ningún argumento. Con esa fórmula —una manera coloquial de decir que alguien mantendría relaciones con la mujer a la que un forero tacha de «secesionista»— se abre una conversación que en pocas líneas se parte en dos: la gramática y el físico. De su partido, de su programa o de sus votos no se dice nada; el hilo se queda en la boca y en el pronombre.
¿Qué significa «yo la daba» cuando se habla de una política?
La expresión pertenece al registro del doble sentido. «Dar» en ese contexto funciona como eufemismo de uso corriente, y su gracia —si la tiene— está en la ambigüedad: la frase admite lecturas muy distintas según dónde se ponga el acento. Alguien lo explica sin rodeos al confesar que, al leerla, se quedó pensando si el asunto iba de
adoptar a alguien. El chiste funciona precisamente porque el objeto directo, la protagonista, desaparece detrás del pronombre.
Ahí está el primer hallazgo: el sujeto de la frase es quien habla, no ella.
El comentario no informa de nada sobre la protagonista; informa de quien lo escribe y de lo que considera ocurrente.
«Le daba» o «la daba»: el debate gramatical
Llega la réplica lingüística. Hay quien sostiene que lo correcto es «le daba» y despacha a los demás como ignorantes del castellano. La corrección llega sin explicación de la norma y el hilo no la resuelve: el reproche se queda en el terreno del comentario y nadie llega a citar una regla.
La escena tiene su miga: una charla sobre el físico de una política deriva en una clase de sintaxis improvisada. El reproche de «español, se dice español» acaba sonando a otra cosa, más del terreno identitario que del gramatical.
De la mandíbula al himno: el repertorio de siempre
El segundo ramal es la apariencia. Se discute la boca, la mandíbula, el parecido con según qué animales y si determinadas facciones están
tuneadas. Ninguna de esas observaciones exige haber escuchado un discurso. Frente al coro, una voz discrepante rompe el consenso: a esa persona no le despierta ningún tipo de morbo, y es de las pocas que rechaza la premisa en lugar de discutirla.
Y luego está el marco nacional. Uno de los mensajes más explícitos propone la escena con el himno, la bandera y la Constitución como utilería. Otro se pregunta de qué se ríe tanto cuando aparece en televisión; la respuesta llega en forma de chiste sobre que no trabaja. Para entonces la conversación ha saltado de la anatomía al símbolo sin detenerse en la política ni una sola vez.
¿Por qué el físico de una política pesa más que su programa?
Porque el cuerpo es un atajo y el programa exige tiempo. Objetivar a una política permite descalificarla sin discutir una sola ley, y de paso arrastra la charla hacia el terreno donde todo el mundo tiene opinión formada. El tópico territorial también se cuela, con ironía sobre la tolerancia de la capital a cuenta de un pronombre.
Lo llamativo es la eficacia del mecanismo.
Cuatro palabras generan decenas de respuestas. Y dejan intacto el objeto real de la discusión: qué defiende la protagonista y qué vota.
El chiste se reproduce solo y la política se queda fuera de plano. ¿Cuántas conversaciones sobre una política caben sin mencionar una sola ley? De momento la respuesta la tiene el pronombre.