Una jugadora serbia de 1,97 m desata el debate sobre los límites de la altura
Una jugadora de voleibol serbia, de 1,97 metros, se ha convertido en el centro de una discusión que va mucho más allá del deporte. La pregunta que abre el asunto es simple y algo soez: si uno se la llevaría a la cama. Y la respuesta mayoritaria es que sí, aunque con matices que revelan obsesiones muy españolas sobre el cuerpo, la proporción y lo que se considera «normal».
El primer bloque de respuestas se centra en lo evidente: la altura. Hay quien calcula que tumbada boca arriba con la cabeza colgando del borde de la cama son 40 centímetros menos, y quien sentencia que 1,97 no es una altura normal para una mujer, igual que 1,40 no lo es para nadie. La estadística se usa como arma arrojadiza: lo normal es lo frecuente, y lo frecuente no es esto.
La proporción como nuevo canon estético
El segundo foco del asunto no es la estatura, sino la armonía. Varios mensajes insisten en que el cuerpo está «superproporcionado» y que la postura es perfecta, sin la columna jodida que suele acompañar a los muy altos. La cabeza, dicen, es pequeña para ese cuerpo, y eso se lee como un elogio. La belleza, aquí, se mide en centímetros que cuadran.
Frente a eso, la corriente más cínica sostiene que la altura es una barrera práctica. Si las de 1,60 exigen hombres de 1,85, una de 1,97 querrá un jugador de la NBA. Es la lógica del mercado matrimonial aplicada al voleibol: cada centímetro extra reduce el censo de candidatos. Y el que se queda corto, se queda fuera.
El factor que nadie quiere mirar: la familia
Aparece un argumento que mezcla genética y prejuicio: si se empareja con alguien de su altura, los hijos saldrán de 2,20 y eso «es pasarse». La altura se trata como un rasgo que conviene corregir por selección de pareja, como si fuera una tara hereditaria. La broma sobre el padre criminal de guerra y los hermanos de 2,10 va en la misma dirección: el entorno familiar como explicación de todo.
También hay quien recuerda que una mujer así habrá soportado insultos de otras mujeres toda su vida y que, por tanto, no será feminista. Es el tipo de silogismo que solo funciona en una barra de bar.
Del voleibol al fútbol femenino y a la geografía
La conversación deriva hacia por qué no hay porteras altas en el
fútbol femenino: porque el voleibol paga mejor. Y de ahí salta a los Balcanes, con una discusión sobre croatas y serbios, alfabetos, religiones y olores que se atribuyen a un colectivo entero. Ese tramo se apoya en generalizaciones sobre nacionalidades que no resisten el menor análisis.
El cierre del asunto no llega. Unos defienden que la altura es un dato neutro y que lo anormal es la estadística, no la persona. Otros siguen midiendo la belleza con la cinta métrica. La jugadora, mientras tanto, sigue jugando.