Todas y cada una de…
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La crítica sostiene que acumular dinero hasta la muerte lo entrega demasiado tarde, cuando el heredero ya ha cumplido los 50. Donar en vida no evita el impuesto, pero cambia el calendario y traslada el riesgo a quien dona.
En España la esperanza de vida al nacer ronda los 83 años, según el INE. Un padre que tuvo a su hijo a los 30 y muere a esa edad deja el grueso del patrimonio a un heredero que ya ha cumplido los 50. La crítica es sencilla: el dinero llega cuando ya no sirve para lo que hacía falta.
Hay quien sostiene que entregar 400.000 euros a los 60 vale más que recibir 150.000 a los 85, con la hipoteca pagada o con una vida entera de alquiler a las espaldas. El cálculo no está verificado, pero señala algo real: el momento importa tanto como la cantidad. La edad media de emancipación en España ronda los 30 años, según el Consejo de la Juventud de España.
Nada impide repartir antes de morir. Pero la donación tributa por el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, el mismo que grava una herencia y que está cedido a las comunidades autónomas, que fijan sus propias reducciones y bonificaciones. Varias aplican bonificaciones que rondan el 99% para hijos y cónyuges.
El freno no es solo fiscal. Quien entrega su dinero en vida se queda sin colchón para la vejez. Y si el donante sigue viviendo en la casa que dona, el hijo recibe una propiedad que no puede vender.
Buena parte del patrimonio familiar no está en el banco, está en el ladrillo. Muchas donaciones son imposibles en la práctica: el padre no tiene liquidez porque todo lo que tiene es la casa donde vive.
El resultado, para quien espera, llega tarde. Para quien dona, queda la duda de descapitalizarse antes de necesitar ayuda. Y el tratamiento fiscal cambia según la comunidad y el parentesco, así que conviene consultarlo con un asesor antes de mover nada.
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