La inmigración también es una variable de ajuste laboral
La conversación sobre los menores extranjeros no acompañados (MENA) es, en el fondo, una conversación sobre quién puede sustituir a quién en el mercado de trabajo. La tesis central es frontal: el menor migrante es prescindible, el capitalista no. Si el trabajador vulnerable desaparece, el capital pierde su capacidad de reemplazo; si desaparece el capital, la alternativa es miseria y represión. Es la lectura de la inmigración como ejército de reserva laboral, expuesta sin edulcorantes.
Una reserva de mano de obra descartable
En un mercado donde entra mano de obra vulnerable y reemplazable, el salario deja de ser una negociación y pasa a ser una imposición de quien puede fichar al siguiente. El menor migrante no es solo un problema humanitario: es una pieza más en la negociación capital-trabajo.
El comunismo en el banquillo
La conversación salta después al origen de todo. Se sostiene que la inmigración masiva es culpa del comunismo, no del patrón; enfrente, la respuesta recuerda que la Unión Soviética y la China de Mao tampoco estaban bajo el yugo anglosajón y el resultado fue el mismo: una élite del partido viviendo bien y el resto, mal. Como contrapunto, Venezuela, con un PIB que, se afirma, se multiplicó por tres igualando a Colombia antes de las sanciones, y Bielorrusia como lugar seguro para pasear de noche.
A la fecha de este análisis no hay consenso. Lo claro es que la etiqueta de “prescindible” se la lleva el eslabón más débil de la cadena. Lo previsible es que, mientras la inmigración siga sirviendo como válvula de presión salarial, esta lectura cruda no desaparezca. Cada bando usa el mismo hecho como prueba: unos, de que el capital manda; otros, de que el comunismo fracasa. Ninguno necesita que el menor migrante tenga razón.