Anglicismos: el español se rinde al inglés sin manual de instrucciones
Pídale a alguien que le explique qué es «queer», «BIPOC» o «snipped» y observe la cara. La mitad de la España que usa esas palabras no sabría definirlas sin recurrir a otra palabra inglesa. El inglés ha dejado de ser un idioma extranjero para convertirse en la jerga de un país que no termina de aprender lo que significa.
En las últimas semanas, la discusión sobre el abuso de anglicismos ha reaparecido con fuerza a propósito de términos académicos, identitarios y de la cultura de internet. El idioma español no se muere: lo están enterrando vivo bajo una capa de palabras que importamos sin manual de instrucciones.
La confusión académica: PhD, máster e internship
El siglo XXI ha convertido el currículum en un campo de minas léxicas. Un PhD es un doctorado, no un máster ampliado; un internship son unas prácticas, no un puesto de trabajo. Parece sencillo, pero la frontera se difumina cuando las empresas españolas piden candidatos con «PhD o equivalente» y los aspirantes responden con un máster. La confusión no es inocente: en el mercado laboral, mezclar las credenciales cuesta entrevistas.
Del «queer» al «BIPOC»: identidad líquida en inglés
Los términos identitarios son los que más rechazo generan. «Queer», que en inglés significa «raro», se ha convertido en un paraguas para todo aquel que no encaja en la heterosexualidad normativa. Por su parte, BIPOC (Black, Indigenous, People of Color) es un cajón desastre para todo aquel que no sea blanco anglosajón. Aquí llegan con retraso y con más ruido que sustancia, pero cumplen su función: etiquetar lo que muchos prefieren no etiquetar.
La jerga que ya es nuestra: «basado», «POV» y «core»
En internet, la cosa es más salvaje. «Basado» significa tener una opinión sin miedo al qué dirán; «POV» (point of view) se usa mal hasta en la sopa; «core» es un comodín que sirve para cualquier tendencia estética (normcore, cottagecore, goblincore). Son palabras que nacen y mueren en TikTok, pero que ya han colonizado la conversación pública. Algunas ni siquiera son nuevas: «procrastinación» lleva décadas en los manuales de psicología, aunque seguimos usándola como sinónimo de pereza cuando de lo que habla es de una mala gestión emocional.
Y mientras tanto, el español sigue dando batalla. Hay quien, en un alarde de originalidad, quiso llamar a su hijo «Paroxismo» y tuvo que pelearse con la Ley del Registro Civil, que prohíbe nombres objetivamente contrarios a la dignidad del menor. El Registro ganó. La lista de palabras que importamos sin entender, en cambio, sigue creciendo. Quizá lo más sano sería hacer un máster en inglés técnico antes de seguir llenándonos la boca con términos que ni nosotros mismos sabemos explicar.