Mad Max: ¿cultivar tu huerto o saquear el del vecino?
La pregunta parece de barra de bar, pero lleva 104 respuestas y casi tres años de discusión. El planteamiento es sencillo: si el sistema colapsa, ¿sale más a cuenta trabajar una huerta propia o rapiñar la del prójimo? La respuesta que domina el análisis no es la que esperarías.
Robar es más rentable que producir, admiten varios, pero el riesgo de acabar como abono en el propio surco desequilibra la balanza. Y no es una hipótesis: ya hoy, sin colapso, hay quien denuncia que le dejan los frutales pelados.
El huerto no da de comer tanto como crees
El primer mito que cae es el de la autosuficiencia. Un huerto de lechugas, tomates y perejil no alimenta a nadie: eso son calorías de acompañamiento. La comida de verdad la dan
patatas, maíz, trigo, avena y legumbres, más gallinas y cabras si se puede. Y ahí empieza el problema. Hay quien sostiene que con una hectárea —10.000 metros cuadrados— y agua de lluvia o riego se alimenta a una familia de cuatro o cinco personas con animales incluidos. La réplica llega con datos de quien ha tenido huerto y ganado en la cornisa cantábrica, supuestamente la zona más fértil: sin abono externo, a partir de la segunda rotación el campo no da más. La cifra que se maneja es brutal:
un campo abonado produce hasta 20 veces más que uno sin abono.
El matiz importa. Los que defienden la autosuficiencia hablan de estiércol de los propios animales alimentados del terreno, rotación de cultivos y semillas guardadas de un año para otro. Los escépticos responden con la experiencia de las patatas de semilla compradas en tienda y los sulfatos: sin eso, dicen, ni Dios sobrevive hoy. Las semillas centenarias de tomate y pimiento que tenían algunos abuelos se perdieron cuando ellos murieron. Las variedades modificadas hay que comprarlas cada año.
El agua: tres días sin beber y estás muerto
Aquí el análisis se pone serio. Sin agua no hay huerto ni supervivencia. Quien tiene un manantial a siete kilómetros de casa ya sabe lo que es recorrer esa distancia a diario. La solución casera que circula es la de siempre: coger agua del manantial más decente, dejarla reposar una hora, cambiarla de recipiente y echar
dos gotas de lejía por litro, dejar reposar otra hora más. Solo hace falta un cuentagotas y lejía. La alternativa son filtros portátiles que prometen mil litros de filtrado, aunque nadie los ha probado aún con agua de manantial.
El aviso de quien bebió agua de arroyo de niño sin tratar es contundente: varias infestaciones por helmintos y protozoos, la peor una giardiasis. El agua clorada y analizada de la red no es un lujo, es la diferencia entre vivir y enfermar.
La defensa: el problema que los preppers olvidan
El consenso más sólido de toda la discusión es que de nada sirve el huerto si no puedes defenderlo. Los que se preparan haciendo fuego, conservas y refugios se olvidan de lo esencial:
cómo proteger todo eso. Las opciones que se barajan son dos. La primera, montar un huerto o corral y defenderlo 24 horas con perímetro, patrullas y puestos de tiro. La segunda, organizarse en banda de saqueadores con jerarquía y coordinación. Los grupos grandes con niños y ancianos tienden a la primera; los pequeños y móviles, a la segunda.
La experiencia histórica que se cita es la Guerra Civil española. En lugar de ranchos-fortaleza aislados, la fórmula que funcionó fue la aldea de toda la vida: comunidad pequeña, autosuficiente, con habilidades repartidas entre vecinos y armada. Cuando bajaba el maquis iban a casas aisladas, no a pueblos de 50 o 100 habitantes. La guardia civil rural, un par de agentes de la zona con margen de actuación, hacía el resto.
Robar una vez, y a la próxima te matan
La conclusión sobre el saqueo es casi unánime:
robarás una vez y a la próxima te matarán. En un entorno rural abundan los cazadores y las armas. Un payés cabreado hace pupa. Y hay un detalle que se repite: en el campo no hay anonimato. Las viejas del visillo ven todo. Un huerto accesible y lejos de casa está condenado al saqueo; uno escondido tras muros, con gallinas y escopeta, tiene opciones.
El escenario que se dibuja no es el caos total, sino una vuelta al feudalismo. Sin gasolina no hay desplazamientos masivos. Los millones de urbanitas abandonan las ciudades y se organizan en grupos de unas cien personas que ocupan zonas del campo. Se definen fronteras entre comarcas, surgen guerras y alianzas entre señores feudales colindantes. El más numeroso gana. Y el agricultor que se queda, o trabaja para el nuevo señor a cambio de un cuenco de arroz, o cuelga del árbol más cercano.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: cuánto tiempo dura el colapso. Si son meses o un par de años, la aldea armada aguanta. Si es permanente, la bicicleta sustituye al coche y volvemos a la edad de piedra. Nadie termina de ponerse de acuerdo en cuál de los dos escenarios es el realista.