La quimera del partido outsider: cuando el sistema se traga a sus críticos
Un partido que venga a desmontar la sociedad absurda está condenado a nacer perecid. No por falta de demanda, sino porque el sistema sabe cómo ahogar al outsider: sin financiación, sin cobertura y con un cadáver en el armario fabricado a tiempo.
La discusión, en el fondo, no es ideológica: es de mecánica del poder. Quien no nace en la maquinaria de los partidos encuentra cerrada la puerta del dinero. La única salida que se vislumbra es la vía solitaria: un líder íntegro que no deba nada a nadie, que mantenga sus relaciones personales bajo control y que asuma que sobrevivir políticamente sin venderse es, estadísticamente, un accidente.
Hay un escepticismo radical que va más allá: ni siquiera con un partido nuevo merece la pena. El voto y los partidos son el problema, se argumenta. Pedir otro partido es pedir otro gestor del mismo manicomio. Y mientras tanto, la cifra de los 60.000 euros anuales del “sueldo de la felicidad” se queda como un dato que ni izquierda ni derecha quieren tocar.
La crítica al parlamentarismo tiene ilustres precedentes: el propio José Antonio sostenía que los partidos eran el problema. Poco ha cambiado, salvo que ahora ni siquiera se espera que vengan a salvarnos.
Con todas las reservas, la predicción es que la abstención seguirá creciendo, los partidos grandes rotarán nombres y cualquier proyecto verdaderamente incómodo tendrá que nacer fuera de las urnas. O no nacerá.