Cuatro veranos suaves no cancelan la tendencia climática
La tesis circula cada agosto: “hemos pasado tres o cuatro veranos en los que apenas hizo calor una semana; ahora que toca uno fuerte, ya se rasgan las vestiduras”. Quien la defiende no aporta series, sino memoria. Frente a eso, los registros oficiales que citan quienes le rebaten —AEMET, MITECO— dibujan otra cosa. Y la ola de calor de 2003 en Francia, uno de los episodios más recordados del continente, demuestra que el problema no es nuevo, pero tampoco una invención moderna.
La discusión se enreda en dos planos. Quien sostiene que llevamos cuatro veranos “ligeros” usa la experiencia personal como dato. Quien rebate tira de estadísticas y de la diferencia regional: Sevilla amaneció con 31 grados y un chaparrón en agosto, mientras Centroeuropa e Inglaterra se secaban. El cambio climático no va por barrios, pero el verano sí.
Hay una pista psicológica que atraviesa el cruce de opiniones: el aire acondicionado ha cambiado el umbral de confort. Un viajero en un tren de media distancia se queja de que la gente pasa frío en el vagón y de que, al salir, 27 grados ya parecen un infierno. La tolerancia al calor baja cuando la refrigeración está normalizada, y eso nubla la memoria.
La conversación acaba en política: la Agenda 2030, se acusa desde una de las trincheras, sería un plan para “involucionar” y encarecer la vida. No hay datos que lo prueben, pero la sospecha ya está servida. ¿Cuatro veranos suaves bastan para cerrar el debate? Con el termómetro echando humo, la pregunta sigue abierta.