Pasaba por aquí: crónica de una función sin público
Hay conversaciones que empiezan con un mensaje a las tantas y acaban convertidas en un teatro entero. Aquí ocurrió así. Una mujer escribe desde el sofá, sin teléfono cerca, y suelta tres preguntas seguidas: cómo estás, cómo te va, cambiaste de perfume. Del otro lado, alguien responde desde la barra de un bar. Y a partir de ahí se levanta un escenario con palomitas, un acomodador, un palco y una artista que no aparece.
El arranque tiene algo de confesión y algo de guion.
«Ningún teléfono cerca y no me pude resistir», escribe ella. La respuesta no tarda: si eso lo escribió desde la barra del bar. La escena se llena de gente que se sienta con palomitas a ver qué pasa. Es el primer síntoma de lo que vendrá: aquí nadie viene a resolver nada, todos vienen a mirar.
El perfume, la colonia y el detalle que lo cambia todo
La pregunta del perfume no es inocente. Alguien la corrige con sorna: los perfumes son cosa de mujeres, los hombres usan colonia, y encima tienen el olfato más atrofiado. La broma esconde una observación más fina:
el detalle mínimo sirve para medir si el otro sigue siendo el mismo. Si cambió de perfume, cambió algo. Si no, sigue ahí.
Ese es el motor real de toda la conversación. No hay datos, no hay cifras, no hay un solo documento. Hay memoria. Alguien recuerda que la última vez que coincidieron sonaba una canción concreta. Otro dice que para él fue ayer mismo, aunque tiene memoria de diez minutos. Y una tercera sentencia que resume el tono:
«Dicen que el pasado siempre vuelve».
El acomodador, el palco y la artista que no vino
Aquí llega el tramo más literario. Uno de los participantes cuenta que otra noche le avisó el acomodador, que se quedó dormido, que no hubo función.
«Será mejor que te vayas a casa, la artista no vino». Y a partir de ahí, un recorrido por bares de un callejón, barra tras barra, hasta una donde las mujeres cobran hasta por sonreír. La escena tiene ecos de novela barata y funciona.
La respuesta de la protagonista no se queda atrás. Cuenta que esa noche sí hubo función, pero privada, para alguien muy especial, y que estuvo hasta el amanecer desplegando un repertorio que ese alguien conoce bien.
Él va y viene, es libre como el viento, pero su sombra se queda. La metáfora del Peter Pan que sobrevuela Nunca Jamás cierra el cuadro. Nadie pregunta quién es. No hace falta.
Palomitas, collejas y un gimnasio para repartir más
El tono cambia cuando entra en escena la parte más terrenal. Alguien bromea con las palomitas, con el empacho, con las pinzas para mantener los ojos abiertos. Otro responde que él solo recibe collejas y pregunta cuándo le llega una sonrisa. La respuesta tiene gracia:
«para algo me apunté al gimnasio, tengo un brazo que no el Schwarzenegger ese».
Es el momento en que la conversación se vuelve coral. Se habla de la agenda, de la letra B reservada, de un santoral con San Macarju collejeado o lapidado. Y una frase que cierra el tramo con más filo del que parece:
«Casi todo lo que acabe en ADO, menos follADO, que nos conocemos». Aquí ya no hay teatro. Hay dos personas que se conocen de sobra y lo demuestran.
El pasado que vuelve y la memoria que falla
Hacia el final, alguien dice que el pasado siempre vuelve. Y otro responde que a él le tocó una enmienda a la totalidad por leer las aventuras y desventuras de un tal gorrión.
La memoria aquí es selectiva y lo saben. Recuerdan canciones, recuerdan collejas, recuerdan quién reservó qué página. No recuerdan fechas.
La despedida es breve y educada. Un placer compartir palomitas y recuerdos, hasta más ver. Un beso, dos besos, y la puerta abierta a nuevos momentos.
«San Macarju collejeado o también lapidado», bromea uno. Y ahí se queda todo, sin desenlace, como estaba.
Por qué esta conversación funciona sin contar nada
Lo llamativo no es lo que se dice, es cómo se dice. No hay un solo dato verificable en toda la conversación. No hay cifras, no hay fechas, no hay nombres completos. Y aun así engancha.
La clave está en el registro: aquí nadie explica, todos insinúan. Se habla de una función privada, de una sombra que se queda, de un acomodador que avisa. Cada frase abre una puerta y ninguna se cierra.
Hay quien sostiene que este tipo de conversaciones son puro ruido. En contra pesa el argumento de que el ruido, cuando está bien afinado, es lo único que suena a verdad. La artista no vino. O sí vino, pero para otro. El acomodador avisó. O no avisó. Nadie lo sabe y nadie lo va a saber. La función sigue sin desenlace. Y el palco, lleno.