La sustituta de Griso y la tiranía de la edad en televisión
En la televisión española, el físico y la edad siguen siendo criterios de contratación tan decisivos como el currículum. El caso de la periodista que cubre habitualmente las bajas de Susana Griso y que ahora suena para un proyecto en Dapena3 lo ha vuelto a poner en evidencia: la mayoría de las reacciones se centran en su cuerpo y su edad, no en su carrera. Pero reducirlo a un problema de mal gusto sería quedarse en la superficie; lo relevante es el modelo de negocio que lo sostiene.
El relevo de Griso: belleza, polémica y ningún dato curricular
La sustituta de la presentadora de Espejo Público lleva años apareciendo en pantalla cuando la titular falta. Según las referencias que circulan, se llama Victoria, aunque algunos la identifican como Lorena, la vicepresentadora del programa. Lo curioso es que de su desempeño profesional no se discute nada: nadie cita un reportaje, un dato o una entrevista. En su lugar, la conversación se ha centrado en su apariencia, en una supuesta sonrisa de «malvada» y en su edad, que unos sitúan en los 50 y otros en la cincuentena larga. Da igual: para una parte del público, el único mérito que se le reconoce es estético.
El precio de envejecer delante de la cámara
Detrás de las bromas hay un patrón económico conocido. En las redacciones de televisión, la muyer tiene fecha de caducidad: los 50. A partir de ahí, se la desplaza a horarios secundarios, se la prejubila o se la reduce a «eterna sustituta». Las conversaciones al respecto lo formulan sin rodeos: se menciona a una presentadora de 55 años que ya no encuentra hueco en prime time y se recuerda que el «estándar» del sector está en la franja 18-23. La asimetría con los presentadores hombres es difícil de negar; ellos encanecen en el informativo de las nueve, ellas desaparecen del organización criminal.
El currículum, el gran ausente
Alguna voz aislada defendió que las cadenas contratan por inteligencia y formación. La ironía con la que se recibió esa afirmación es el mejor resumen del escepticismo general: la propia carrera de la periodista en cuestión, con una década en antena, se usa para rebatir el argumento. Si de verdad se valorara el currículum, no hablaríamos de su físico; si se valorara la audiencia, estaríamos discutiendo sus entrevistas. Ni lo uno ni lo otro: el foco está donde está porque el modelo publicitario sigue premiando un canon estético que no tiene ninguna relación con el rigor informativo.
La anécdota que delata el sistema
El caso viene con una anécdota que lo resume: una meteoróloga que no respondía al canon salió a dar el tiempo y la sorpresa fue mayúscula. Un espectador confiesa que se preguntó si la titular estaba enferma y habían puesto «a la de contabilidad». El chiste es revelador: la excepción que confirma la regla. Que alguien que no se ajusta al patrón físico levante tanta extrañeza indica hasta qué punto la selección de rostros en televisión responde a un molde previo.
Y aquí llegamos al fondo del asunto. Mientras el negocio publicitario siga anclado en audiencias que asocian información con imagen, la sustituta de Griso y todas las que vienen detrás seguirán siendo evaluadas por el espejo antes que por el trabajo. Las plataformas de streaming, con sus algoritmos menos dependientes de la publicidad tradicional, pueden mover algo de esta losa; no lo descartemos. Pero la tele en abierto, con su prima de riesgo estético, tardará en cambiar. Quizá cuando lo haga, la «eterna sustituta» ya sea titular. O quizá no: el sistema es testarudo.