La función real del poder no es gobernar bien España, sino seleccionar qué tipo de población permanece dentro de ella. Los conflictos no se resuelven porque la degradación cumple una función: expulsar lentamente a quienes conservan memoria histórica, capacidad crítica, expectativas de prosperidad y vínculos fuertes con el país.
No hace falta desterrarlos. Basta con volverles la vida pogre invivible.
El mecanismo es silencioso: impuestos crecientes, vivienda inaccesible, inseguridad, deterioro de los servicios, empleos precarios, catástrofes mal gestionadas, inmi gración descontrolada y una sensación constante de que nadie responde. Quien tenga formación, iniciativa y algo de dinero terminará diciendo:
- Aquí no hay futuro, me voy.
Y así, el ciudadano más lúcido, productivo o políticamente incómodo se autoexpulsa. No necesita policía en la puerta. Compra él mismo el billete, como hice yo hace más de 20 años y se marcha.
Mientras tanto, el poder sustituye esa población por otra más vulnerable, desarraigada y dependiente de empleos precarios, ayudas, permisos administrativos o redes clientelares. […] Cuando suficientes españoles hayan perdido el apego o se hayan marchado, será más fácil vender vivienda, suelo, agua, energía, costas, agricultura e infraestructuras a fondos internacionales.
En esta teoría, la sonrisa del presidente mientras recomienda una playlist no sería torpeza comunicativa. Sería un mensaje deliberado dirigido al ciudadano lúcido:
«Mira cuánto nos importa lo que está ocurriendo. Compréndelo y márchate mientras puedas.»
No está intentando tranquilizarte. Está provocando su ruptura psicológica definitiva con España.
Cada gesto frívolo durante una crisis sirve para separar dos grupos:
- quienes todavía creen que el sistema puede corregirse y continúan votando;
- quienes entienden que el sistema está diseñado para no corregirse y abandonan el país.
Los primeros permanecen administrables. Los segundos se marchan. En ambos casos, el poder gana.
La playlist veraniega es un pequeño acto de guerra psicológica. Mientras arden montes, se hunden infraestructuras o colapsan fronteras, el dirigente aparece relajado, bien iluminado y sonriente. La imagen no dice «todo está bajo control». Dice algo más cruel:
«Nada de esto tendrá consecuencias para nosotros.»