Sánchez estudia prohibir fumar en terrazas: la guerra del humo llega al bebé
Una familia con un bebé de pocos meses se sienta en una terraza abarrotada. A su lado, un fumador enciende un cigarrillo. El humo, empujado por la brisa, golpea directamente la cara del pequeño. Los padres piden que apague el cigarro; el fumador se niega argumentando que está en un espacio al aire libre. Escenas como esta, repetidas en cientos de terrazas cada día, han llevado al Gobierno a plantear una nueva restricción: prohibir fumar en las terrazas de bares y restaurantes, especialmente cuando haya menores cerca.
Según ha trascendido, Pedro Sánchez prepara una medida que tipifica como agresión expulsar humo de tabaco sobre bebés y niños pequeños en espacios públicos al aire libre. La iniciativa, que aún no tiene texto articulado, busca cerrar el vacío legal que dejó la Ley Antitabaco de 2010, que prohibió fumar en interiores pero no en terrazas. Un portavoz del Ejecutivo ha señalado que "la salud infantil está por encima de cualquier otra consideración", en declaraciones recogidas por varios medios.
Entre la salud y la libertad, el humo divide
La propuesta ha reabierto el viejo debate entre fumadores y no fumadores. Quienes la defienden recuerdan que el humo del tabaco contiene más de 70 carcinógenos conocidos y que la exposición pasiva es especialmente dañina en bebés, cuyo sistema respiratorio aún se está desarrollando. "Tirar humo a la cara a un bebé es una agresión. La libertad no incluye agredir a los demás", sostienen los partidarios de la medida. Señalan que ya hay playas donde está prohibido fumar para evitar precisamente eso.
En el otro lado, los fumadores y algunos empresarios de hostelería ven una intromisión más del Estado: "Si alguien no quiere humo, que se siente dentro. La libertad tiene que ser para todos". Argumentan que en una terraza al aire libre el humo se disipa rápidamente y que la responsabilidad es de los padres, que pueden elegir otro lugar. Algunos van más allá y califican la iniciativa de "dictadura sanitaria" y de "guerra cultural contra los fumadores". Incluso hay quien la etiqueta como "medida woke" para proteger a las minorías, aunque en este caso la minoría serían los no fumadores —que son mayoría, según las encuestas.
Un debate con múltiples capas
La discusión se ha salpicado de comparaciones rocambolescas: desde quienes la equiparan a prohibiciones islámicas hasta quienes recuerdan que el Estado recauda miles de millones en impuestos al tabaco y que una caída del consumo tendría un impacto en las arcas públicas. "Todo lo que el Estado deje de recaudar por la disminución de fumadores, lo recaudará de otra forma", advierten los más suspicaces.
Otro frente es la contradicción con otras políticas del mismo gobierno, como la permisividad con perros en establecimientos o la contaminación de los coches. "Prefiero mil veces tener cerca a un perro que a un fumador", se escucha entre los partidarios de la prohibición.
La hostelería, por su parte, teme una pérdida de clientes si los fumadores optan por quedarse en casa o acuden a locales informales. "No queremos terrazas sin humos, queremos terrazas sin bebés", bromea algún hostelero, aunque la mayoría prefiere no mojarse hasta ver el texto definitivo.
El dato que descoloca: pese a que la mayoría de la población no fuma, el número de terrazas sigue creciendo y las quejas por humo pasivo apenas se traducen en sanciones. Con esta medida, el Gobierno quiere cambiar eso, pero se enfrenta a un sector que ve en cada nueva prohibición un ataque a sus costumbres. El debate, como el humo, se extiende y no se disipa.