El terror que se ve una vez y no se repite
¿Qué película de terror no volverías a ver ni con los ojos cerrados? La pregunta tiene más recorrido del que parece: la mayoría de los títulos que se citan no dan miedo, dan asco. El diagnóstico se repite con variantes a lo largo de 149 intervenciones y 406 días de conversación: el gore, las tripas y la sangre no asustan, repugnan. Y una vez vista la película, el susto ya no funciona, porque el espectador se sabe el momento exacto en que salta el sobresalto.
El
Exorcista aparece una y otra vez como la referencia que sí dejó poso. También
The Thing de Carpenter,
La matanza de Texas en su versión antigua,
The Descent por el agobio claustrofóbico y
The Ring japonesa. Frente a ellas, un puñado de títulos que no buscan el susto sino el mal cuerpo duradero:
Funny Games, de Haneke,
Audition de Takashi Miike,
Eden Lake y
La carretera.
Casperqué no es terror: el gore no asusta, repugna
La distinción más repetida es la que separa el miedo del asco. Se sostiene que las películas que se anuncian como terror son en realidad acción con muertes muy violentas, y que el espectador adulto ya está de vuelta de todo. El argumento tiene su lógica: ver materias descompuestas, amputaciones o cabezas arrancadas no genera miedo, genera repulsión. Y la repulsión no se recuerda con temblor, se recuerda con indiferencia.
Hay quien va más lejos y admite ser aficionado al gore sin que nada le sorprenda ya. El listón se ha movido tanto que lo que antes escandalizaba ahora se ve con la misma cara con la que se ve un telediario. La consecuencia es incómoda para la industria: cuanto más explícito es el producto, menos miedo produce.
El Exorcista y el reestreno que se convirtió en comedia
La película de referencia es también el mejor ejemplo de cómo envejece el miedo. En su reestreno, ya en los primeros años 2000, las escenas más míticas de la niña con todo el maquillaje provocaban risas en la sala. Parte de la culpa la tuvo la parodia televisiva que se había hecho del film en programas de gran audiencia. La imagen que aterrorizó a una generación se convirtió en chiste recurrente para la siguiente.
Eso no impide que siga citándose como la que más impacto dejó. Hay quien la vio a solas en casa, con veinte años, y no ha vuelto a repetir. Otros directamente evitan el subgénero de exorcismos: transmiten un mal rollo y unas energías que no quieren en su casa. La conclusión es incómoda: el terror funciona mejor cuando el espectador aún no sabe lo que es.
La japonesa, la americana y el vídeo que se veía en familia
La versión japonesa de
The Ring se lleva la palma entre las que dejaron huella. La americana gustó menos, sobre todo por esa forma de contar la historia a base de búsquedas de información que rompe la tensión. La cara de la niña, en cambio, se queda grabada en las dos.
Con
La monja pasa algo parecido y distinto a la vez. Los primeros treinta o cuarenta minutos funcionan como un acojone serio; después la película se descompone y pierde el pulso. La valoración final es tibia: se salvan las imágenes de la abadía, que son preciosas, pero el conjunto se queda en truñaco abrupto y simplón. La escena nocturna en el cine, eso sí, hizo que al salir se viera a la monja en cada rincón, en el armario, en el pasillo y detrás de la puerta.
El terror psicológico es lo único que queda
El diagnóstico más lúcido del conjunto es que los sustos y el gore no interesan, y que lo único que deja poso es el terror psicológico, el que mantiene la intranquilidad después de apagar la pantalla. El problema es que resulta muy difícil de conseguir en un adulto. Si alguien quiere vivir miedo de verdad, difícilmente lo va a encontrar en una película: tendrá que vivirlo por su cuenta.
De ahí que los títulos que se citan como no repetibles no sean los más sangrientos, sino los que dejan mal cuerpo.
La tortuga roja aparece en la lista negra de quien no piensa volver a verla en la vida porque quita las ganas de vivir.
Moon produce el mismo efecto.
Saló o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, es la única que da reparo volver a ver incluso a quien presume de haberlo visto todo.
El libro, la casa de madera y el miedo que sí era real
Hay una escena que se repite en los recuerdos: leer la novela de
El resplandor siendo adolescente en una casa con paredes, techos y escaleras de madera, y pasar un par de semanas de verano entendiendo lo que era el miedo. La adaptación de Kubrick tiene pocos sustos y es bastante previsible, pero se sostiene como obra maestra del género. La caída a los infiernos de la madre, con la soledad, la frustración, el desamparo y la locura, resulta demoledora. La banda sonora y el ritmo frenético del director hacen el resto.
La miniserie de
El misterio de Salem's Lot, vista de crío en los ochenta, dejó escenas grabadas para siempre: el niño vampiro llamando a la ventana del cuarto de su hermano, el vampiro balanceándose en una mecedora. Es el tipo de recuerdo que explica por qué el terror de ahora no funciona: el que se grabó entonces no venía con efectos especiales, venía con la edad.
La pregunta inicial sigue sin respuesta cerrada. Cada generación tiene su película y cada película tiene su fecha de caducidad. El susto, como el dinero, pierde valor con el tiempo. Y mientras tanto, la única forma de volver a tener miedo de verdad es no haberlo tenido nunca.