La película que promete Oscar y provoca insultos
¿Merece la pena ver una película que ha generado tal nivel de polarización?
La Bola Zaina ha aterrizado en las salas con una promesa de premio y un reguero de descalificaciones cruzadas. Quien la defiende habla de un
filmón con salas llenas y posibilidades reales de Oscar. Quien la ataca no discute su calidad técnica, sino su carga ideológica: un supuesto panfleto que, según sus críticos, convierte la Segunda República en paraíso de libertad y al bando nacional en opresor. Entre ambos extremos, un dato incómodo: casi nadie que la rechaza reconoce haberla visto.
El argumento de los que la defienden
La defensa de la cinta se apoya en tres patas. Primero, la artística: se reconoce una
fotografía y un montaje de notable factura, incluso desde posiciones hostiles. Segundo, la cultural: se subraya su aportación a la figura de
García Lorca, un personaje que la cinta retrata. Y tercero, la narrativa: se insiste en que no hay buenos y malos esquemáticos porque
uno de los protagonistas es del bando nacional.
El argumento más repetido es que la película no juzga, muestra. Que retrata la represión de la homosexualidad durante el franquismo y que quien se escandaliza por eso debería preguntarse por qué le molesta. La conclusión implícita: el rechazo no es cinematográfico, es político.
El argumento de los que la rechazan
La crítica no se centra en la calidad. Se centra en el mensaje. Se sostiene que la cinta presenta la
Segunda República como un espacio de libertad y felicidad frente a un bando nacional retratado como opresor. No se discute el dato histórico de la represión, sino el marco ideológico que lo envuelve.
Hay quien va más allá y habla de
panfleto rojo disimulado, de arte prostituido al servicio de una agenda. Y hay quien simplemente dice que no piensa gastar su dinero en fomentar ese tipo de cine. La postura más repetida entre los críticos:
no la he visto ni piensa verla.
El problema de la polarización
El intercambio degenera rápido. Los defensores acusan a los críticos de prejuicios ideológicos. Los críticos acusan a los defensores de no argumentar, solo insultar. Y en medio, un detalle que nadie discute:
la película ha llenado salas, lo que sugiere que el público mayoritario no está en ninguno de los dos bandos vociferantes.
La paradoja es que una cinta sobre la represión de la diferencia ha generado un debate donde nadie escucha. Unos ven un peliculón. Otros ven un panfleto. Casi nadie ve la película.
Lo que dicen los datos del estreno
Las cifras concretas de taquilla no aparecen en el intercambio. Lo que sí se repite es la percepción de
salas llenas y la expectativa de premio. La comparación con otros títulos de temática similar —Lorca,
Guerra Civil, homosexualidad— aparece como argumento de hastío:
otra más.
El dato más revelador no es de taquilla. Es que la discusión se ha centrado en lo que la película dice, no en cómo lo dice. Y eso, para una industria que presume de valorar la forma, es una derrota.