Donar semen ya no es un acto anónimo
La donación de semen ha sido tradicionalmente un contrato de confidencialidad: el donante aporta su material biológico a cambio de una compensación económica y nadie le pregunta después. Ese pacto se ha roto con un test de ADN de 60 euros que cualquier hijo biológico puede comprar sin permiso de nadie. En cuestión de años, la promesa de anonimato se ha convertido en una ficción legal.
El test de ADN que rompe el contrato
Algunas clínicas ofrecen la opción de conocer al padre a los 18 años, si ambas partes quieren. Pero la genética recreativa ha ido más lejos: un donante que haya registrado su ADN en dos empresas de servicios genéticos puede recibir en cualquier momento la notificación de un supuesto pariente. Con la caída de los precios, esa prueba ya no cuesta más que una cena.
El precio de la maternidad en solitario
El coste de una inseminación con donante parte de los 4.000 euros, una cifra que dibuja un perfil económico concreto: mujeres con recursos estables que no quieren depender de una pareja. Para ellas, el donante es una especificación técnica, no un padre. Para él, en cambio, la ecuación puede cambiar cuando al otro lado hay un chaval de 18 años con ganas de viajar a Benidorm, Praga o Marrakech.
El cálculo económico del donante se complica: además de la compensación inicial, ahora debe asumir un riesgo reputacional y emocional difícil de tasar. Y la pregunta jurídica queda abierta: ¿puede un donante adoptar a su hijo biológico si ambos están de acuerdo, para que lleve su apellido y sea su heredero? La ley no está preparada para esa conversación.
Con estos mimbres, ¿quién quiere ser donante sabiendo que su anonimato vale menos que un test de saliva?