Pensiones y baby boomers: la aritmética demográfica que nadie quiere ver
El ratio de cotizantes por pensionista ha pasado de cuatro a uno a prácticamente uno a uno. La generación del baby boom –nacidos entre mediados de los cuarenta y mediados de los sesenta– se jubila en masa, mientras la base de trabajadores activos se estrecha por la caída de la natalidad, acelerada tras la legalización de la píldora anticonceptiva en 1975 en España. El sistema de reparto, diseñado para una pirámide poblacional expansiva, se enfrenta a una inversión estructural que ningún parche político puede resolver. Las cuentas no cuadran y, sin embargo, el debate público sigue eludiendo la única variable que realmente puede ajustarlas: la inflación.
El factor olvidado: la píldora anticonceptiva
El origen del problema no es ideológico, sino demográfico. La píldora, autorizada en EE.UU. en 1960 y en España tras la muerte de Franco, rompió la tendencia de familias numerosas. Las hijas de los baby boomers no parieron como sus madres, y sin consecuencias demográficas. La pirámide de edad muestra un corte brutal: los últimos boomers nacieron en 1965, cumplen ahora 60 años, se jubilarán en cinco y vivirán otros 25. El gasto en pensiones crecerá durante al menos veinte años más antes de estabilizarse, cuando la generación más numerosa desaparezca. Quienes argumentan que la solución es moral –que cada cual viva de sus ahorros– chocan con una realidad aritmética: si la aritmética no funciona, no hay reparto justo posible, solo desorden.
Inflación al 25%: la solución tabú
Ante la imposibilidad de reducir pensiones nominales –por el coste electoral y el riesgo de revuelta social–, la única válvula de escape es la inflación. Un 25% anual sostenido licuaría la deuda pública destinada a pensiones, equipararía las prestaciones altas hacia abajo con las mínimas y permitiría cuadrar el resto de los presupuestos. Es un impuesto silencioso sobre los ahorradores, pero también la única vía que evita el colapso inmediato. Frente a esta postura, otro sector defiende un default ordenado y un reset del sistema financiero, seguido de austeridad, argumentando que la inflación prolongada solo empobrece a quien no tiene activos. Sin embargo, esa solución es técnicamente posible pero políticamente inviable: reconocer la bancarrota del sistema de pensiones sería firmar la sentencia de muerte de la clase política que lo ha perpetuado.
La falacia de la recomposición demográfica
Algunos análisis apuntan a que, en unos 25 años, la pirámide se recompondrá cuando los boomers desaparezcan. Pero ese horizonte choca con otra realidad: la población que ocupará su lugar no es la misma. La inmigración de las últimas décadas ha introducido millones de personas con patrones demográficos y culturales distintos, que no siempre se integran en el sistema contributivo. Aunque se habla de expulsar parásitos y de ajustar el gasto social, la segunda y tercera generación de inmigrantes ya son nacionales inexpulsables. La economía se saneará por pura demografía, pero el tejido social que la sostendrá será irreconocible.
El impuesto silencioso ya está aquí
Mientras el debate gira en torno a opciones drásticas, el Estado ya está aplicando su propio mecanismo de ajuste: el mínimo exento del IRPF permanece en 5.550 euros desde 2007, sin deflactarse por la inflación real acumulada que ronda el 10% anual. Esto supone una recaudación extra que se destina a tapar agujeros, entre ellos el de las pensiones. Pero no es una solución, sino una postergación. La pregunta que nadie responde es cuánto tiempo se puede mantener la ficción antes de que la aritmética se imponga por la fuerza.
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