Cuentas sin mensajes ni reputación: el patrón de los seguidores sospechosos
¿Por qué una cuenta creada esa misma mañana, sin un solo mensaje publicado y con cero de reputación, dedica su primer movimiento a seguir a alguien? La escena se repite en los espacios de discusión política españoles y quien la documenta la describe con pelos y señales: al bloquear a un seguidor, este reaparece con otra identidad. Quien lo documenta acumula capturas de cuentas con el mismo perfil: cero mensajes, cero reputación y ninguna huella de participación previa. Ese es el primer dato llamativo: el seguidor fantasma no discute, solo observa.
El relato no es nuevo. Lo que antes era un goteo de identidades sospechosas se percibe ahora, según quienes lo padecen, como una lluvia constante tras cada publicación incómoda. La sospecha que se repite, según quienes la denuncian: que detrás de esas cuentas no hay curiosos, sino
vigilancia organizada —servicios de inteligencia, asesores políticos o empresas contratadas para tomar nota—. Todo ello, de momento, sin prueba alguna que lo sostenga.
Qué tienen en común las cuentas que no publican nada
El patrón es mecánico: registros sin actividad, reputación a cero y puntos mínimos. Hay casos de todas las épocas. Una cuenta de agosto de 2020 acumula
0 mensajes y 0 de reputación y aparece entre los seguidores. Otra, de febrero de 2019, arrastra el mismo historial vacío. Y una tercera, creada en
enero de 2025, se estrena directamente siguiendo el rastro de publicaciones concretas.
El detalle que más desconcierta no es el volumen, sino la antigüedad. Un usuario señala perfiles registrados hace más de una década que apenas han escrito dos o tres mensajes en todo ese tiempo. Mantener unas credenciales vivas durante años, sin usarlas, exige una disciplina que un simple curioso rara vez tiene. Eso alimenta la sospecha de cuentas que se activan solo cuando interesa mirar por la ventana.
¿Qué se puede saber de ti cuando abres un mensaje privado?
Aquí llega el tramo técnico, y es el que conviene leer despacio. Según sostiene un usuario del debate, una imagen alojada en un servidor externo se descarga de forma automática en cuanto el mensaje se despliega: no hace falta pulsar nada. En esa petición viajarían la dirección IP y las características del dispositivo. Si el mensaje es público, esa IP se diluye entre las de todos los que han pasado por ahí. Si es privado, el cerco se estrecha.
La frase que resume el mecanismo, tal cual circula: «
Como esta página es pública, su IP queda diluida entre las de todos los que aquí han entrado». Existe discusión sobre si determinadas plataformas intermedian con proxies para evitar ese rastro, y sobre si basta con entrar desde una red privada virtual. La recomendación que gana adeptos: cuidado con los enlaces y las imágenes que se cargan solas.
Cuentas dormidas durante años y un mensaje privado equivocado
Entre el catálogo de anécdotas hay una especialmente incómoda. Un usuario relata que varios mensajes privados llegaron con insultos y amenazas dirigidos a una persona que no era la destinataria, con
nombre y ciudad equivocados. Para quien lo cuenta, el error delata lo obvio: quien escribe maneja listas y datos que no cuadran. La lectura que deja es menos solemne que inquietante: alguien está tomando notas con prisa.
Del «nos espían» al «aquí no se decide nada»
No todo el mundo compra el relato. La objeción escéptica es contundente: «
No influye en el devenir político de este país», resume un usuario, con un cálculo que rebaja el alcance real de la comunidad a
unos mil participantes y niega que tenga peso en la agenda pública. Desde esa trinchera, la persecución es paranoia y la atribución de las cuentas fantasma a servicios estatales, una fantasía de película.
Frente a eso, la respuesta es de sentido común inverso: que un espacio no mueva votos no significa que no interese saber quién escribe en él. El seguimiento no busca silenciar un altavoz potente, sino catalogar a quien disiente. La discusión, en el fondo, no va de influencia. Va de inventario.
Big data, plataformas y la sospecha de que los datos se venden
El último tramo del razonamiento apunta a la infraestructura. Si las grandes corporaciones que gestionan redes sociales han acumulado un poder sin precedentes con los datos de millones de personas, la pregunta no es si esos perfiles pueden rastrearse, sino quién paga por hacerlo. La hipótesis que circula: que los datos acaban en manos de cualquier empresa —o de cualquier aparato disfrazado de empresa— dispuesta a comprarlos.