Un loro estadístico con ínfulas: así se deshincha el relato de la IA
La inteligencia artificial generativa no piensa: predice la siguiente palabra. Suena a boutade de barra de bar, pero es la conclusión a la que llega cualquiera que apriete las tuercas a ChatGPT pidiéndole una cifra sin adjetivos. El sistema contesta. Contesta rápido, con sintaxis impecable y con una seguridad que no tiene. Ahí empieza el problema.
Qué hay detrás de una respuesta que suena a verdad
No hay magia. Hay predicción de tokens, millones de ejemplos y una capa de etiquetado humano —externalizada, mal pagada y opaca— que convierte medianías plausibles en párrafos con tono de informe trimestral. La consecuencia económica es incómoda: durante dos años se ha vendido que estas herramientas sustituirían a medio tejido productivo, y el resultado es que confunden un dato con una opinión de sobremesa. Se le pide rigor y devuelve moraleja.
El test más barato para medirlo cabe en una línea: pedir cuentas del déficit público sin adjetivos, sin contexto y sin permitir frases de relleno. Ahí se cruzan los cables. El fallo no viene de falta de datos, sino de una arquitectura que premia la respuesta que agrada antes que la que cuadra. Ese sesgo de complacencia convierte cada contestación aduladora en un análisis que nadie ha hecho.
Gasolina o eléctrico chino: la duda que no es de coches
El mismo patrón aparece al elegir vehículo. Un deportivo de gasolina ofrece diversión hoy, reventa decente y una cuenta atrás: en cinco años, circular por el centro de cualquier ciudad medianamente grande será una excepción administrativa. Un Xiaomi SU7 ofrece juguete tecnológico hoy y dependencia absoluta mañana: es un móvil con ruedas atado a una nube ajena, con la batería como coste diferido y una actualización que puede dejar dos toneladas de acero convertidas en pisapapeles.
La pregunta real no es el motor. Es dónde enchufarlo y quién lo repara cuando pete. Infraestructura y servicio postventa, las dos partidas que nunca salen en el folleto.
Lo previsible es que la IA generativa acabe siendo lo que ya es: herramienta útil, ruidosa y sobrevendida. Lo previsible es que el coche eléctrico gane por regulación y no por enamoramiento. Ninguna de las dos cosas ocurrirá al ritmo que prometieron sus anuncios, aunque a estos precios y con estos márgenes tampoco conviene apostar en contra.