Milei pide 1.000 millones y el debate sobre la deuda vuelve a Argentina
El Banco Central de
Argentina cerró un REPO por 1.000 millones de dólares y ya se habla de una segunda licitación antes de que acabe enero. La operación, que según un cálculo que circula equivale a un 0,15% del PIB, ha reabierto la herida más vieja del país: la deuda. Para unos es una refinanciación sensata que sustituye pasivos caros por dinero más barato; para otros es la enésima vez que se hipoteca el futuro de las próximas generaciones. El titular de una información que circuló estos días hablaba de 970.000 millones y hubo que leer hasta el cuarto párrafo para descubrir que eran 1.000 millones. El nivel del debate, ya se ve, no siempre acompaña.
Qué es un REPO y por qué el Banco Central lo usa
Un REPO es una operación de compra temporal de valores con pacto de recompra: el Banco Central entrega bonos como garantía y recibe dólares, que después devolverá con un pequeño interés. La clave está en el tipo. Si Argentina ha logrado reducir el riesgo país, ese dinero le sale más barato que el que ya tiene prestado a tipos más altos. Ese es el argumento que más se repite entre quienes defienden la operación: se trata de
refinanciar, no de gastar más.
El cálculo que circula es el siguiente: la deuda nueva representa alrededor del
0,15% del PIB, mientras que el superávit fiscal argentino ronda el
0,5% del PIB. Incluso descontando los intereses de la nueva operación, el saldo seguiría siendo positivo en torno al 0,35%. Con esas cifras, sostener que el país se está «entrampando» resulta, cuanto menos, discutible.
Hay quien va más allá y recuerda que los acreedores prestan su dinero libremente y conociendo el riesgo de impago. Es decir, si alguien acepta comprar deuda argentina es porque calcula que le conviene. La discusión, entonces, no es si se puede pedir prestado, sino a qué precio y para qué.
La acusación de doble rasero: Menem, Macri y ahora Milei
La crítica más repetida no es económica, es política. Durante años se acusó a los gobiernos anteriores de endeudar al país para pagar gasto corriente. Ahora, con un gobierno que prometió cerrar el Banco Central y no imprimir, se firma un REPO y se prepara otro. La paradoja es evidente y no hace falta ser un lince para verla.
El argumento de la defensa es que no es lo mismo endeudarse para financiar un déficit que para recomprar pasivos más caros. La comparación con una hipoteca es la que más se usa: si tienes una deuda al 6% y alguien te ofrece otra al 3% para cancelarla, la operación es buena. El problema es que en Argentina esa lógica se ha roto tantas veces que nadie se la cree del todo.
La sombra del FMI planea sobre todo el asunto. Varios análisis señalan que, más temprano que tarde, el gobierno necesitará dinero del organismo, y que este exigirá levantar el cepo al dólar como condición. Ese es el verdadero nudo de la cuestión: cuánto margen real tiene Argentina para decidir su política económica sin que un acreedor externo le marque el paso.
El superávit que cambia el marco de la discusión
Lo que sí ha cambiado respecto a etapas anteriores es el punto de partida. Argentina presenta superávit fiscal, algo que no ocurría desde hace años, y el riesgo país ha bajado. Eso permite financiarse en mejores condiciones y, sobre todo, permite discutir la deuda sin la urgencia de un default inminente.
Hay quien sostiene que el país empieza a salir del pozo antes de lo previsto, y que el apoyo popular al gobierno se mantiene, especialmente entre los jóvenes. Esa es la parte que la oposición más dura tiene difícil de encajar: si todo va tan mal, ¿por qué Milei sigue sumando? La respuesta puede ser tan simple como que el electorado compara con lo que había antes.
También hay quien recuerda que la deuda pública no es buena ni mala en abstracto. Depende de quién se endeuda y para qué. Una empresa que pide crédito para ampliar negocio no es lo mismo que un Estado que lo pide para pagar nóminas. La discusión, por tanto, no es sobre la deuda en sí, sino sobre el uso que se le da.
La Patagonia, el oro y otras hipérboles
En el extremo más agorero del espectro hay quien sostiene que el préstamo equivale al 130% del PIB y que el aval incluye el oro del país y la Patagonia. No hay ningún dato que respalde semejante afirmación, pero circula con la misma naturalidad con la que se repiten los bulos económicos de toda la vida. La cifra que se maneja, el 0,15% del PIB, desmonta la hipérbole en dos segundos.
Ese tipo de exageraciones son, en realidad, la mejor prueba de que el debate está más caliente que documentado. Cuando un titular de 970.000 millones se convierte en 1.000 millones al leer el cuerpo, el problema no es la deuda: es la alfabetización financiera de quien lo comparte sin abrirlo.
La operación es pequeña, el ruido es enorme y el fantasma del FMI sigue esperando en la puerta. Con estos mimbres, lo único seguro es que la próxima licitación volverá a llenar titulares, tuits y, de paso, alguna que otra caja de comentarios.