La conspiración judía contamina el análisis económico
Casi tres años de conversación económica, con 179 intervenciones, dan para mucho. Y dejan una constante incómoda: cada vez que se discute poder financiero, geopolítica o política migratoria, aparece la misma explicación. No es un ciclo económico, ni un error de los bancos centrales, ni un fallo de regulación. Es una élite, y se la identifica con un colectivo muy concreto. La pregunta no es si esa élite existe – claro que existe, como en cualquier estructura de poder – sino por qué se la dibuja siempre con el mismo perfil.
Por un lado, quienes rechazan de plano la teoría conspirativa sostienen que basta con comparar opiniones dentro de la propia comunidad para descubrir que no hay un plan coordinado. «No hay ninguna conspiración mundial, no hay ninguna élite superpoderosa que gobierna el mundo», viene a ser el resumen. A lo sumo, admiten, hay intereses políticos y económicos, pero escondidos a plena luz del día, no en una cámara oculta. El problema, añaden, es que al ciudadano medio le gustan las películas: prefiere un villano omnipotente con apellido judío que una explicación aburrida basada en incentivos, burocracia y errores humanos.
En el lado contrario, circula un dato que se repite como un mantra: el 1% de la población estadounidense concentraría el 50% de su élite más poderosa, especialmente en el sector financiero. Para esta corriente, la estadística no es casualidad, sino el rastro de un diseño. También se cita a Denis Healey, miembro fundador del Grupo Bilderberg, cuando hablaba de luchar por un gobierno mundial, y se interpreta como confesión. La respuesta de los escépticos no se hace esperar: el contexto de la cita, dicen, es justo el contrario. Healey defendía una «comunidad única» como remedio a las guerras, no un plan secreto.
Entre medias, hay quien intenta afinar el cuchillo conceptual. La distinción entre judaísmo y sionismo, entre sionismo y Estado de Israel, entre semita e israelita, se vuelve clave. «Antisionista no es antisemita», resumen. Pero la matización se pierde cuando la conversación deriva hacia la negación de episodios históricos documentados y la acusación de que el Mossad tiene comprometidos a políticos de medio mundo. En ese punto, la discusión económica se convierte en otra cosa.
Curiosamente, también aparece la sospecha inversa: que tanta obsesión no sea espontánea, sino sembrada. Hay quien advierte de que internet está lleno de cuentas que se hacen pasar por una corriente política para difundir propaganda de otra, y que la fijación con el judío invisible sería uno de esos caballos de Troya. No hay pruebas, pero la mera hipótesis explica mejor la intensidad del fenómeno que la idea de millones de personas llegando por su cuenta a la misma conclusión.
El patrón económico que no cuadra
Lo más llamativo del asunto no es la tosquedad de la teoría, sino su persistencia a lo largo de 30 siglos. Se cuentan más de 350 expulsiones de la comunidad judía, desde Cicerón a Henry Ford, y la lista de ilustres que han «sabido del mal judío» no deja de crecer. La explicación materialista, ofrecida por una de las intervenciones, es tan simple como demoledora: a los judíos se les expulsaba porque tenían dinero y se les podía robar. Los judíos hicieron durante siglos los trabajos que los cristianos tenían prohibidos – prestamismo, recaudación de impuestos – y esa posición les hizo ricos, y ricos vulnerables. El resentimiento, según esta lectura, no lo causaba un complot, sino un botín.
En paralelo, la conversación se contaminó con la política migratoria. La misma élite a la que se acusa de controlar los bancos sería la interesada en abrir las fronteras, con consecuencias que un mensaje describía con crudeza: «500 africanos varones en edad militar al día, sin dinero, sin recursos, sin idioma». La mezcla de conspiración y demografía no es nueva, pero en este caso la ecuación se completa con la geopolítica: Ucrania, Rusia, Gaza. Cada crisis mundial encuentra su adjudicatario.
Lo que queda del análisis
Cuando se desmontan los datos, lo que queda es un callejón sin salida epistemológico. Los escépticos no pueden demostrar que no existe una élite conspirando, porque una no-demostración no es demostración. Los creyentes no necesitan demostrarlo, porque para ellos la prueba está en la misma contundencia de la acusación. Y ambos bandos hablan idiomas distintos: uno pide fuentes verificables, el otro ve en la exigencia de fuentes la prueba del encubrimiento.
Finalmente, algunas intervenciones recordaron que los medios de comunicación llevan meses (incluso años) criticando abiertamente al gobierno de Israel por su operación en Gaza. Si existiera una mano oculta controlando el 95% de la información, sería muy torpe dejando que todo el mundo hable mal de su presunto propietario. El contraargumento no prueba nada definitivo, pero al menos introduce una grieta en el relato monolítico. Y una grieta, en esta materia, ya es mucho.
Con la discusión cerrada a cal y canto, la conclusión práctica es simple: la próxima vez que una conversación económica sobre las élites acabe en una lista de apellidos, conviene preguntarse si se está discutiendo de economía o de algo mucho más antiguo. La respuesta suele estar en la propia incomodidad de la pregunta.