Un anuncio erótico destapa el desconocimiento hacia los hombres trans
El pasado 4 de agosto un portal de contactos en Galicia publicaba un anuncio que en 48 horas se convirtió en un fenómeno de comentarios: un hombre trans de 29 años, nacionalidad argentina, se describía como “osito disponible” en Santiago de Compostela. Las visitas no tardaron en caer: 1.613 en dos días. Pero la atención no se tradujo en demanda: se tradujo en preguntas.
La primera, y la más repetida, era literal: “¿qué shishi es un FTM?”. Las siglas, habituales en los círculos anglosajones, designan a quien transita de muyer a hombre. En el contexto del anuncio, la oferta era explícita: un chico trans que ejercía el trabajo sensual. Y ahí empezaba el cortocircuito.
Las reacciones oscilaron entre el angustia simulado y el chiste fácil. Algunos preguntaron con retórica morbosa por la anatomía, otros se aferraron al humor financiero: “yo prefiero un ETF, así no me arriesgo con las ETS”. La mezcla es coherente: desconocimiento, prejuicio y una pizca de ironía que no disimula el fondo.
Lo curioso es que el resto del mercado de contactos está saturado de ofertas que hace diez años habrían escandalizado a la misma audiencia. El colectivo trans masculino, sin embargo, sigue resultando invisible hasta el punto de que su presencia profesional despierta perplejidad. El anuncio no ha abierto un debate; ha revelado lo lejos que queda la normalización.
La pregunta no se responde en los comentarios porque ni siquiera se plantea la correcta. La verdadera cuestión no es quién querría contratar a un FTM, sino por qué el escándalo sigue siendo gratuito. Si el mercado es un espejo, la oferta ya ha entendido que hay demanda, aunque sea silenciosa. La demanda pública, en cambio, todavía se esconde detrás del humor. Tal vez la normalización llegue por donde llega casi todo: por la cartera.