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No hay ningún multimillonario real ni ningún reparto de dinero: es una hipótesis de fantasía planteada en un foro, donde alguien describe cómo organizaría la vida de tres personas si la lotería del azar le hiciera rico. La cifra elegida, 6.996 euros, no responde a ningún cálculo económico, sino a una simetría numérica que le resulta llamativa.
No hay ningún multimillonario real ni ningún reparto de dinero: es una hipótesis de fantasía planteada en un foro, donde alguien describe cómo organizaría la vida de tres personas si la lotería del azar le hiciera rico. La cifra elegida, 6.996 euros, no responde a ningún cálculo económico, sino a una simetría numérica que le resulta llamativa.
La fantasía empieza con una premisa que no se cumple: que el azar convierta a alguien en multimillonario de la noche a la mañana. A partir de ahí, el relato construye un pequeño universo privado con tres personas concretas, un apartamento de gran lujo junto al mar para cada una y una asignación mensual idéntica para todas. No hay herencia, no hay empresa, no hay inversión: solo un deseo expresado en voz alta en un foro de actualidad.
La cifra central del relato es 6.996 euros mensuales para cada una de las tres personas. El autor de la fantasía reconoce que podría dar más, pero justifica el número por su simetría: le parece una cantidad matemáticamente perfecta para que el pacto resulte aceptable. No hay ningún razonamiento económico detrás, ni inflación, ni coste de oportunidad, ni fiscalidad. Es un número elegido por su forma, no por su función.
Ese detalle dice bastante del tipo de ejercicio que es. No se trata de un plan de reparto de riqueza ni de una propuesta seria de renta básica. Es un juego de rol en el que el dinero funciona como decorado: lo importante no es cuánto, sino que la cifra suene bien y permita imaginar una vida resuelta. La vivienda, en este caso un apartamento de lujo junto al mar para cada persona, aparece como el otro gran pilar del montaje.
El relato reparte roles con precisión. Una de las personas asumiría el papel de madre emocional de alquiler, con abrazos, un beso nervioso en la mejilla y una despedida con azote y recomendación de no pasar de 120 en la carretera. Otra sería la mano derecha, consejera para los dilemas graves y guardiana de las mascotas abandonadas que aparecen en las derivas nocturnas. La tercera queda como amante predilecta, visitada una vez al mes bajo un ritual que incluye un batido de papaya, un fármaco para la disfunción eréctil y una sesión de pintura de uñas a juego con un vestido de Chanel y un bolso Lady Dior.
El autor insiste en que no sería empalagoso y que visitaría a cada una apenas dos o tres veces al mes, quizá menos. El minimalismo, dice, es la clave para que no se evapore el magnetismo. Es una forma curiosa de justificar la distancia: convertir la ausencia en una virtud y presentar la escasez de visitas como un mérito, no como un defecto.
Conviene no perder de vista que todo esto es una hipótesis expresada en un foro. No hay dinero, no hay apartamentos, no hay pacto. El texto mezcla deseo, ironía y algo de exhibicionismo verbal, y lo hace con un tono que invita a leerlo como lo que es: un juego. La petición final de opiniones cierra el círculo, pero no convierte la fantasía en un plan.
Si algo revela el relato es lo fácil que resulta imaginar cómo se repartiría una riqueza que no existe. Los números suenan concretos, los papeles están bien definidos y el escenario es atractivo. Pero nada de ello tiene traducción económica real: ni el estipendio, ni los inmuebles, ni las visitas mensuales. Es literatura de barra de bar, y como tal se lee.