NOTICIA: @Petruska @Testigapresencial @V. R. N

@Petruska @Testigapresencial @V. R. N

Vaya, por una vez reconoce que tenemos psiques complejas, o sea que no nos considera insulsas, como tantas veces ha dicho.

De ahí a tenernos admiración hay solo un pequeño paso, señor Nando.

A ver si es que no nos considera tan poco interesantes como dice.
 

¿Por qué asume usted que yo canto bien?

Además, yo no me atrevería a acercarme para cantarle ni a seiscientos metros de su lecho. Le he dicho en numerosas ocasiones que soy «astut viejo» (lo de viejo es un decir).

Soy cauta, precavida, la vida me ha enseñado precaución, vigilancia, no me fío de los cantos de sirena, mucho menos de alguien que saca a relucir tan alegremente y en cuanta ocasión tiene la palabra "picahielos".

¿Se fiaría usted de alguien como usted?
Yo desde luego, no.
 

Pequeño Niño Lunar
taconeando por el camposanto,
al ritmo de rumba rumba, la rumba va

La luna le mira mira,
la luna lo quiere arrullar
pero el pequeño Niño,
el pequeño Niño Lunar
se aleja por los eriales
del camposanto crepuscular

Ay niño niño lunero
ay niño niño lunar,
por la cuesta el camposanto
se le ve bajar, bajar

hasta llegar a su lecho
cansado de taconear
y ya duerme en su gélido lecho
hecho de escarcha y azahar

soñando con sus tres musas
duerme ya
mientras la luna lunera
lo arrulla con alas de gavilán

Estoy comiendo para ir a trabajar y no tengo tiempo de más.

Me ha quedado un tanto lorquiano.

Espero que le guste y le ayude a sobrellevar el día de hoy.
 

Vaya, pues sí que era fácil contentarle.

Le deseo una buena tarde y que descanse tranquilo.

Qué suerte poder disfrutar de tiempo libre sin la necesidad de trabajar.
 

Ay por dios. Mire que es usted derrotista y agorero.

Salga ya de su crisálida, alma de cántaro. Le queda mucha vida por delante.
 
fragmento "es que somos muy pobres" de Juan Rulfo:




La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando los llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde, pero andan de pirujas.


Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su progenitora. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos».


Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

«Sí,» dice, «llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.»

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha apiolado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido tonalidad de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
 

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