El mito de la infancia feliz con Franco: nostalgia y economía
La reciente afirmación de Pipi Estrada, que aseguró haber tenido una infancia muy bonita durante el franquismo, ha vuelto a dividir a quienes confunden memoria personal con balance histórico. No es una declaración inocente: reabre la pregunta de qué fue la vida bajo Franco y por qué una parte de la población la recuerda con afecto. La respuesta tiene más que ver con la nostalgia generacional que con los datos, pero los datos ayudan a desmontar el mito.
Quienes defienden esa infancia feliz no mienten, al menos no del todo. La recuerdan así. El problema es que su memoria mezcla tres décadas distintas, desde la miseria de la posguerra hasta el desarrollismo de los 60, y las confunde con el bienestar material que nunca llegó a ser general. La felicidad infantil y la represión política pueden convivir en un mismo recuerdo; lo que no convive es ese pasado con las cifras de desarrollo que algunos le atribuyen.
En el relato nostálgico se repite un argumento: España era la novena potencia mundial al final del franquismo. Enfrente está la tesis de las dos décadas perdidas, la que sostiene que el régimen retrasó la convergencia con Europa y que el crecimiento de los 60 llegó tarde, gracias sobre todo a los tecnócratas vinculados al Opus Dei y a la apertura exterior, no al dictador. Ambas versiones circulan desde hace años; ninguna es unánime.
La infancia real: trabajo infantil y pan con vino
Los testimonios que han salido a la luz son contundentes. Hay quien recuerda haber empezado a trabajar con once años, empuñando la azada antes de la adolescencia; quien cuenta que su padre entraba en una mina con doce; quien describe cómo los niños salían del colegio a los nueve o diez años para hacer peonadas en los años 50. Las meriendas de pan y vino, la leche racionada y los dibujos animados a cuentagotas —Tom y Jerry los miércoles, Mazinger Z los domingos— forman parte de la misma biografía.
Esa era la infancia de buena parte de la población, sobre todo rural, en las dos primeras décadas del franquismo. Que existieran niños felices dentro de ese marco es probable; que el marco fuera el responsable de su felicidad es discutible. El debate, sin embargo, no siempre distingue entre la infancia y el contexto político que la rodeaba.
La memoria que mezcla décadas: de los 50 a los 80
Una de las claves del malentendido es la confusión generacional. Algunas de las estampas que se evocan como “época de Franco” pertenecen en realidad a los primeros años de la transición. Las jeringuillas repartidas por parques y descampados, que alguien recuerda como parte de su infancia, son un fenómeno de la España de los 80, no de la dictadura. Y la seguridad en la calle que se añora convive en el mismo relato con la heroína, el sida y el desencanto político.
Los recuerdos felices no se fabrican; se seleccionan. Se olvida el trabajo infantil, se olvida el miedo y se conserva la imagen de una calle llena de niños jugando hasta el anochecer. Lo que queda es una idealización que dice más del presente —la inseguridad laboral, la vivienda inaccesible, la desconfianza en las instituciones— que del pasado real.
El fondo económico de la nostalgia
El fenómeno no es solo cultural; tiene una lectura económica. La generación que hoy añora la infancia con Franco es la que creció con la seguridad del pleno empleo masculino, la familia extensa y el ascensor social del desarrollismo. Ese modelo se agotó, y su ausencia alimenta la mitificación. Si la economía actual no devuelve algo de esa estabilidad, la nostalgia seguirá extendiéndose.
Si el presente no ofrece una alternativa de seguridad material comparable, la memoria selectiva del franquismo ganará adeptos. No porque la gente quiera una dictadura, sino porque el pasado imaginado parece más habitable que el futuro. El riesgo no es el recuerdo; es el uso político que se le da.