Plan Marta: 815 españolas enviadas a Australia y el regreso que nadie pagó
Entre 1960 y 1963, al menos 17 vuelos sacaron de España a 815 mujeres jóvenes, solteras, sanas y oficialmente católicas. Reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia y más tarde la Meseta por instituciones católicas del
franquismo, firmaron un contrato de dos años como trabajadoras domésticas en Australia. El plan se llamó Plan Marta. El regreso estaba previsto. El dinero para pagarlo, no.
La investigadora Natalia Ortiz Ceberio, coordinadora de Estudios Hispanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur, lleva más de una década rastreando estas historias. Localizó en archivos de la Conferencia Episcopal que los vuelos fueron al menos 17, no uno, y ha entrevistado a más de un centenar de aquellas mujeres. Su conclusión es incómoda: «el verdadero engaño estuvo en que nadie las informó de lo que costaba regresar... de lo imposible que iba a ser pagarse el billete de vuelta», que rondaba las 3.000 pesetas.
De la Operación Canguro al Plan Marta: la maquinaria migratoria
El precedente fue la Operación Canguro (1958-1963), que llevó a Australia a hombres vascos y cántabros para trabajar en plantaciones, especialmente de caña. Ellas llegaron después, con un perfil distinto y un destino doméstico. El cardenal primado de Australia visitó España en 1959 y la maquinaria arrancó: consulados, Instituto Español de Emigración y Conferencia Episcopal de Migraciones. El primer vuelo salió el 11 de marzo de 1960.
El contexto australiano lo explica todo. Tras la Segunda Guerra Mundial se extendió el lema «repoblar o perecer», pero no valían todos los colores de piel. La élite blanca quería nutrirse de occidentales, preferiblemente ingleses, holandeses, americanos, alemanes o polacos. Los mediterráneos podían aportar mano de obra necesaria. El ministro de Inmigración Arthur Calwell lo dijo sin rodeos: «Sin inmigración, el futuro será incómodo y breve. No sobreviviremos como nación».
«Como ovejas en el mercado»: la selección de las martas
Las del primer grupo recuerdan el método. Las llevaron a una iglesia, las pusieron en fila y las señoras australianas entraron a elegir qué chica se llevaban para servir en casa. Las que no encontraron familia fueron a trabajar a congregaciones católicas. Muchas no sabían situar Australia en el mapa. La maleta de Josefina González llevaba una etiqueta sin dirección: su nombre y «Australia». Llegó con ella el 14 de julio de 1960.
En las escalas de los tres días de viaje se incorporaban italianas y griegas que «iban para casarse, o que ya habían sido casadas por poderes», describe Ortiz Ceberio. El documental
El avión de las novias, de Javier Castro y la propia Ortiz Ceberio, recoge ese episodio. En los rotativos australianos de la época se publicitaba al español como «pueblo culto y orgulloso».
El regreso que costaba años de trabajo
El contrato era de dos años. Después, eran libres de volver. La libertad era teórica: el billete costaba lo que ganaban en años de trabajo. La soledad hizo el resto. Muchas aceptaron propuestas de matrimonio de hombres que habían llegado antes con la Operación Canguro. Se asentaron en Sídney, Melbourne, Adelaida y Brisbane. Fundaron clubes españoles, frontones de pelota vasca, gure txokos, centros gallegos, fiestas con paella y sangría, torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se siguieron citando los sábados en el Centennial Park de Sídney.
La discusión sobre aquel episodio deriva rápido hacia otro asunto: si aquellas mujeres eran consideradas «blancas» en la Australia de los años sesenta. La política de la Australia Blanca, vigente desde 1901 hasta principios de los setenta, apuntaba a mantener una sociedad mayoritariamente anglosajona y protestante. Que el propio gobierno australiano fomentara la llegada de españolas es, para algunos, la prueba de que sí entraban en la categoría. Para otros, la categoría admitía mediterráneos como mano de obra, no como iguales.
El debate sobre el racismo de la época y las proyecciones actuales
La discusión se encona cuando se cruza con la política migratoria actual. Una parte sostiene que el mundo de entonces era racista hasta la médula y que proyectar categorías contemporáneas sobre aquel contexto es un error de método. Otra responde que precisamente por eso el episodio merece un análisis sin edulcorar. Hay quien recuerda que en Estados Unidos el pasaporte español entraba en la categoría de blanco, igual que el italiano, y que «hispano» nunca existió como categoría racial en los censos estadounidenses.
El detalle que descoloca es otro. La mayoría de aquellas mujeres no volvió. No fue solo el precio del billete. Fue que, con el tiempo, dejaron de querer volver. Y explica por qué el Plan Marta acabó siendo, sin que nadie lo diseñara así, un plan de emigración definitiva.