Extracto del primer capítulo de una novela de fantasía:
El día amaneció lluvioso y frío, empantanando aún más el putrefacto lodazal en que se había convertido el campo de batalla. Sortak se despertó aterido de frío en el que iba a ser su último día como guerrero. La tienda donde dormía con sus compañeros mercenarios hedía a sudor, sangre y cansancio después de varios días de pelear contra el ejército rival. Después de lavarse un poco la cara y la cabeza recogiendo en un cuenco el agua limpia de la lluvia, desayunó gachas y tocino, con la mente puesta en el que iba a ser el intento definitivo de escalar el castillo de Lord Termenich. Las catapultas habían convertido uno de los muros en un amasijo de cascotes y solo la llegada de la noche había demorado el ataque final.
—Vamos Sortak, alegra esa cara, hoy va a ser el último día de esta guerra. Mañana partiremos al lejano Oriente, a las tierras legendarias de Ixanhan.
—Para mí la guerra acaba hoy. Con el dinero de la paga me volveré a las tierras del Valle Damilan y me compraré una granja, con patos, gorrinos y muchos manzanos.
—¡Venga ya! Eres uno de los mejores guerreros que he conocido, no un granjero, ¿qué sabes tú de cultivar manzanas?
—Me estoy haciendo viejo, y en este oficio la falta de reflejos te puede cancelar…
—¡Na! Vayamos a luchar contra los esbirros de Termenich, que esta noche vamos a llenar nuestros sacos con sus candelabros de plata y mañana partiremos hacia Oriente donde riquezas y exóticas muyeres nos esperan.
Sortak dejó que su compañero de armas Flanegan siguiera hablando al resto que se estaba despertando en la tienda de las fantásticas tierras de Ixanhan, donde el empleador de Sortak, el conde Makolevo, quería irse a guerrear. Makolevo, cuyo condado diminuto no daba apenas riquezas fue desde joven un excelente guerrero y su pequeño ejército estaba al servicio del mejor postor. En ese momento el profundo toque de trombón anunciaba que los soldados y mercenarios se fueran colocando en la línea de ataque, a esperar instrucciones de sus mandos. Sortak se puso su cota de malla, su casco de acero, la espada y el escudo y se fue a donde estaba esperando Makolevo montado en su sustancia ilegal.
Sortak se deshizo de un atacante con un rápido golpe de espada, de arriba abajo en diagonal. Se proponía entrar en la brecha del muro del castillo cuando de repente vio a un arquero subido en la torre y apuntándole directamente a él. Rápidamente se cubrió con el escudo y en ese momento vio como la punta de la flecha lo atravesaba quedándose a un palmo de su cara. A continuación sintió el dolor. La flecha se había frenado con su escudo y su brazo. Sentía el hueso hecho trozos, atravesado por la flecha, pero no podía parar. Sus compañeros formaban una marea humana que entraba en el castillo. Siguió dando mandobles de espada con la mano derecha y usando el escudo con el brazo izquierdo que sangraba con profusión pese a que la flecha taponaba la misma herida.
La batalla se acabó pronto. Termenich desde su alcázar enarboló la bandera blanca y los pocos soldados suyos que quedaban en pie en el patio de armas soltaron sus armas al escuchar el toque de trompeta que anunciaba la rendición. Sortak cortó con su espada el mástil de la flecha que sobresalía por fuera del escudo. Pudo quitárselo y aprovechar para vendarse la herida, sin sacarse el resto de la flecha, para evitar la hemorragia.
Los pocos cirujanos que había en el campo de batalla no daban abasto y no podrían atenderle ahora. Por tanto se dedicó, como el resto de sus compañeros, al pillaje. Por la noche, el exhausto doctor que le atendió no le dio muchas opciones.
—Tengo malas noticias. La flecha te ha roto un hueso, el cúbito, y tienes astillas de hueso insertadas en la carne. La herida se ha infectado y tienes el brazo inflamado. Aunque te quitase la flecha junto con los trozos de hueso y te limpiase la herida, lo más probable es que tuvieras gangrena y al final murieras, aunque te fruta el brazo.
—¿Qué se puede hacer?
—Lo más rápido es fruta ahora por debajo del codo. Las fiebres serían menos peligrosas y sobrevivirías. Si esperas, tendríamos que cortar después a la altura del hombro y lo más probable es que murieses.
—¿Tendría que haber venido antes?
—Podrías haberlo intentado… pero no te hubieran dejado pasar a mi tienda. He estado hasta hace una hora atendiendo a nobles y oficiales y no he acabado hasta hace una hora. De todas formas has hecho bien en dejarte la flecha dentro. Si te la hubieras quitado ya habrías perecid desangrado.
—Bueno, mejor quedar vivo con un solo brazo, que no perecid con los dos. De todas formas hoy iba a luchar mi última batalla.
El médico le dio un poco de infusión de adormidera y Sortak sintió como si flotase. Todo el cansancio acumulado se evaporó y vio con su vista nublada por la droja como el cirujano le cortaba rápidamente el brazo, asistido por su ayudante. Sortak se levantó al día siguiente con un gran dolor en el muñón, aunque podía soportarlo. Se tomó una infusión contra la fiebre y se miró el vendaje. El ejército permanecería acampado unos días, mientras se firmaba la paz y se reponían, o morían, los enfermos. El iría a despedirse del conde Makolevo y a pedirle la carta por sus servicios.
—Hola, Sortak. Ya veo que la batalla te pasó factura —le dijo amablemente el jefe de la guardia, Thrano— ¿qué quieres?
—Me gustaría despedirme de nuestro señor y solicitarle la carta de servicios.
—Espera a que salgan los cirujanos y los magos. Te pediré audiencia y cuando te anuncie puedes pasar.
—Gracias.
Sortak esperó pacientemente. Salieron los magos y doctores y tras aguardar un rato más Thrano, le avisó que podía pasar.
—Lord Makolevo, Sortak de Arandil, solicita audiencia.
—Hazle pasar.
Sortak cumplió con el ceremonial, saludó inclinándose y a continuación esperó a que Makolevo le dirigiera la palabra.
—Sortak, amigo mío, hemos luchado en muchas batallas ¿no es así?
—Sí, milord.
—Pero a ambos nos ha pasado factura. Te has quedado sin brazo y yo he perdido mi pierna y me he visto obligado a coger una de un moribundo.
En ese momento Sortak reparó en la pierna derecha del duque. En alto y vendada, pensaba que la habían curado. Entonces se dio cuenta de que el duque había hecho uso de magia zain. Se cogía la pierna de una persona viva, no importaba que estuviera moribunda y se sustituía por la del duque. La fuerza de la magia provenía del donante, por eso no funcionaba si se usaba la extremidad de un perecid.
—¡Oh! Cuanto lo siento milord.
—Yo también. No me gusta arrebatar la vida a una persona, aunque sea un moribundo. Me queda la tranquilidad de saber que ese pobre soldado murió más rápidamente y con más dignidad que si lo hubiéramos dejado en el campo de batalla con las tripas fuera. Una vez que su pierna estuvo unida a mí y el hechizo fue pronunciado, le cortamos misericordiosamente su cabeza con un hacha. Por suerte era un soldado del bellaco de Termenich. Hubiera odiado hacerle esto a uno de los míos.
—Por supuesto…
—No te lo recomiendo que lo hagas. He visto a nobles con miembros trasplantados y las extremidades siempre tienen un aspecto enfermo, demacrado y con muchas venas. Pero tampoco quería ser un mutilado. Eso hubiera sido mi fin.
Aunque Sortak hubiera tenido el dinero para pagar a los magos (era una magia muy cara) nunca le hubiera quitado la vida a nadie para obtener una extremidad nueva. Era un soldado, no un monstruo. Pero se cuidó de comentarle estos pensamientos al duque.
—Supongo que vienes a por tu carta de servicios.
—Milord, tenía pensado venir de todas formas. Aunque no hubiera perdido el brazo, me estaba volviendo viejo para esta vida de soldado.
—Por supuesto. Te puedo dar la carta de servicios, sin embargo, el dinero que había depositado en la Banca Trattori y que corresponde a tu parte de los botines y del resto de tus compañeros no se encuentra disponible en este momento. El rey Hertyl II me pidió un préstamo para financiar su campaña militar en el este de su reino.
—Milord, entonces, ¿Cuándo podré cobrar?
—Tienes dos opciones. Esperar al vencimiento del préstamo, dentro de tres años, o bien cambiar tu dinero por una carta de hidalguía y terrenos en nuevas tierras conquistadas. Piénsalo muy bien. El rey Hertyl II nos ha dado a todos esa opción porque en caso de que la guerra no vaya bien tendrá que declarar la bancarrota y solo cobraremos una pequeña parte de lo prestado, yo incluido. Por eso le pedí cartas de tierras, no solo para mí, sino también para todos mis guerreros. Ahora mismo estoy hasta arriba de deudas, por eso viajo a Ixanhan. Allí existe la oportunidad de ganar mucho oro en sus guerras.
—Comprendo, milord. ¿Me recomendáis coger las tierras?
—¿Ayer pudiste coger algo del castillo de Termenich?
—Unas pocas joyas, creo que no me moriré de hambre en los próximos meses, milord.
—Bien, porque el botín que me va a entregar hoy Termenich ya está dedicado a pagar deudas, incluidas la de los magos de esta mañana. Pásate a hablar con mi cocinero, creo que te podrá dar algo de mi despensa para el viaje. No te puedo dar ni unas tristes monedas porque no tengo ni oro en mi tienda. Coge las tierras. Podrás cultivarlas, asentar campesinos en ellas y podrás transmitir tu título de hidalgo a algún heredero tuyo.
—Gracias, milord.
Sortak se acabó de despedir ceremoniosamente de Makolevo y se fue a hablar con su secretario.
—Bien, aquí tienes la carta de servicios. Veinte años trabajando con nuestro señor duque. Con esto evitarás las levas en el reino y te atestiguan como hombre libre sin cargas ni deudas. Aquí tienes la carta de proclamación de hidalguía y de transmisión de tierras otorgada por Hertyl II. Para ejecutarla, tendrás que pedir audiencia en su corte al procurador de su reino.
—Gracias por todo.
—Han sido muchos años juntos viéndote pelear para nuestro conde. Muchos han perecid en sus filas. Aunque hayas perdido el brazo, conservas la vida. Eres afortunado.
—Te echaré de menos. Adiós.
—Adiós, Sortak.
Sortak se despidió también de Thranos y se fue a ver al cocinero del conde. Este le dio un jamón ahumado y unas patatas para el viaje de vuelta. Se dirigió de nuevo a la tienda del médico.
—Hola, ¿has acabado ya de poner en orden tus asuntos?
—Sí, acabo de ver a nuestro conde.
—¿Ya te ha dado la carta de servicios?
—Sí, me iré pronto.
—Lo suponía, voy a cambiarte el vendaje.
El médico termino de vendar a Sortak y se acercó a su despensa a por un saquito.
—Toma, más hierbas para la fiebre y vendas limpias. La herida está cicatrizando muy bien. Si no se ensucia y cambias los vendajes, no habrá ningún problema. Lava las vendas con agua hirviendo. Te dejaría dormir unos días más aquí, pero como ves no hay sitio. Por desgracia, todos no se van a salvar, aunque intentaré que se mueran los menos posibles.
—Gracias por curarme y atenderme.
—Cuídate y mantén limpia la cicatriz durante los próximos días.
—Así lo haré, adiós.
—Adiós.
Sortak siempre había formado parte de la infantería, y estaba acostumbrado a marchar a pie. Pero como soldado licenciado podía solicitar un sustancia ilegal para volver a su hogar. Se dirigió a las caballerizas donde había un gran movimiento de animales.
—Hola, Sortak ¿quieres un sustancia ilegal para tu retiro?
—Con un brazo menos no puedo ocultar mis intenciones ¿no es así?
—Bueno, al menos estás vivo. ¿Qué quieres? Tenemos muchos caballos capturados de las tropas de Termenich. Aprovecha ahora la oportunidad, que en unos días nos quedaremos sin ellos.
—Bien, necesito un sustancia ilegal dócil, fuerte y que no sea caro. Que me sirva para largas jornadas de marcha y pueda usarlo también para arar la tierra.
—Tienes suerte. Tenemos algunos de esos. Hay muy buenos ejemplares de nobles y oficiales, pero son más caros. ¿Qué te parece este? Tranquilo, pelaje marrón espeso, no muy alto y con patas y cuartos fuertes.
—Me parece perfecto ¿Cuánto pides?
—Ahora nos quedan todavía muchos y por ser tú una moneda de oro.
—¿Te sirve un anillo de oro?
—Sí, si no es muy fino.
Sortak buscó en la pequeña bolsita de joyas y tras descartar dos anillos de plata, encontró uno de oro, con un rubí engarzado.
—Tiene una piedra, así que me gustaría llevarme el sustancia ilegal con los arreos y una manta para la grupa.
—Déjame que mire… Sí, parece un rubí. Te lo dejo ensillado, pero la manta me la pagas aparte.
—Es un anillo de oro con rubí, quiero también la manta.
—De acuerdo, sales ganando, considéralo un regalo de despedida.
—Gracias, me pasaré dentro de un rato, cuando lo tengáis listo.
—Hasta luego.
Sortak se despidió de sus compañeros de armas, Flanegan por desgracia murió en el asalto, y no vería nunca las tierras de Ixanhan de las que tanto habló. Tomaron un trago de cerveza en su honor y por último se abrazó a todos ellos. Fue a las caballerizas, tomó su sustancia ilegal y emprendió el camino de vuelta a casa.