Hola creador del hilo, me habías pedido que volviera a copiar el fragmento que subí durante los días de oscuridad en el foro Burbuja Pitch Black, del jueves 7 fatídico en que todos fuimos forasteros. En su lugar voy a copiar otro, de distinto estilo y contenido, tened en cuenta que no es un relato completo ni tiene esa intención, es solo un "trozo", despellejarme, por favor.
El bullicio inundaba toda la sala. Rob, Dav y Mar entraron en tromba por la puerta. Sentados alrededor de numerosas mesas, trabajadores de los edificios cercanos despachaban con avidez la comida que los camareros acercaban en bandejas metálicas. El movimiento de personas era constante.
La recepcionista acercó la pistola a sus muñecas y validó su acceso.
-¡Allí, cerca de la ventana!. - anunció Mar con un pequeño grito.
Un anodino hilo musical envolvía las conversaciones con sus repetitivos sonidos.
Se sentaron e inmediatamente llegó su comida. No había ni menú, ni carta, ni opciones. Todos los días cambiaba, todos los días era una y solo una para todos. Hoy: gorrino y ternera. Todo crudo, medio triturado y mezclado, aún sanguinolento. Antes de servirse un cocinero esparcía sobre la comida un pole obtenido de una mezcla deshidratada de verduras y frutas, lo que proporcionaba a la comida los nutrientes necesarios para cumplir los roles ciudadanos. Una dieta equilibrada y nada apetecible que cumplía los requisitos del Ministerio de Alimentación, que con su lema: “Salud, Fuerza. Vida”, inundaba periódicamente con carteles las paredes desabrigadas de los restaurantes.
Un chico vestido con un delantal zain apareció con una jarra gigantesca y llenó con un líquido pastoso verde sus vasos de cristal. Tenía el semblante serio y los ojos vacíos.
Comenzaron a comer como salvajes, con las manos, masticando sin piedad la carne, hundiendo sus caras en los platos.
Llovía con fuerza en la calle, las gotas ensuciaban los enormes cristales del comedor deformando la imagen exterior. Alguien abrió la puerta del local e intentó acceder. “Error en la validación”, acceso prohibido. Su cara se torció, quiso amagar una explicación pero entendió que no iba a servir de nada. Se dió la vuelta y se alejó calle arriba cubriéndose la cabeza con un cartón.
Retorciendo huesos y tendones, salpicando jugos y sangre en platos, escupiendo piel y cartílagos, pronto acabaron con todo lo que había en los platos.
Rob observó como una pequeña cuqui roja zigzagueaba entre las patas de la mesa. Levantó el pie esperando a que pasara justo por debajo. Gloria por aplastamiento pronosticó.
-¿Puedes traernos el postre?- Le lanzó a una camarera que regresaba a la cocina con platos y bandejas vacías.
-Sí, por favor, yo quiero Trotina, una dosis- añadió Dav.
-Lo mismo-, dijeron Rob y Mar.
A su lado una pareja apuró sus dosis y se levantó rápidamente.
El mismo camarero que les trajo la comida, apareció con una bandeja con tres frascos diminutos y la misma mirada alucinada.. R, D y M los cogieron, abrieron una tapita e inhalaron con fuerza el contenido.
-Vengaaaaaa- soltaron las servilletas manchadas de sangre y restos de comida y salieron del local.
El cielo seguía plomizo, sin nubes aparentes; una bóveda grisácea, monótona y monstruosa hecha de pinceladas invisibles flotaba sobre sus cabezas. La calle brillaba pero ni rastro de la tormenta. Todos los días caía agua con fuerza durante unos minutos y paraba de repente. Las nubes se disolvían casi al instante, como un terrón de azúcar en un vaso de agua hirviendo. Así ocurría desde que recordaban; parecía que la lluvia siguiera una programación exacta. Llovía profusamente todas las noches entre las dos y las cuatro de la madrugada, y durante el día a lo sumo tres o cuatro minutos de aguaceros intermitentes.. Era un patrón extrañamente regular para un fenómeno atmosférico al que se le presuponía cierta impredecibilidad, pero por insólito que pudiera parecer, nadie se preguntaba este tipo de cosas.
Comenzaron a andar. La gente se movía de manera uniforme y lenta, como una masa compacta de gusanos. Un murmullo continuo de voces apagadas, un siseo ininteligible discurría calle arriba y abajo hasta apagarse entre hileras de edificios idénticos. La acera disponía de carriles en ambos sentidos.Cada varios centenares de metros había arcos de seguridad que comprobaban automáticamente la identidad de los viandantes. Si la persona no tenía autorización en ese tramo, una discreto laser le marcaba en la frente y la policía le separaba e interrogaba. En la práctica totalidad de los casos se trataba de pequeños despistes en el rumbo o de fallos de identificación que se resolvían en apenas unos segundos; tan solo dos veces pudieron presenciar una de esas escenas que su memoria se empeñaba en rescatar del olvido, compuesta básicamente de gritos, frases inconexas, agentes de seguridad persiguiendo al infractor, un disparo paralizante y nula información después de que le metieran a la fuerza en un furgón gris. Nunca se conocía la historia completa y menos el desenlace, ni siquiera a través de tímidos rumores. Todos los que entraban en el vehículo no volvían a aparecer. Nadie se cuestionaría el destino de estas personas, nadie las echaría de menos. En esas ocasiones, la gente reaccionaba con indiferencia, bien continuaban andando o esperaban con la mirada bovina a que el infractor fuera sometido y encerrado. Una vez la imagen desaparecía de su vista así lo hacía de su interés. Proseguían su camino de manera hipnótica. Nunca había sucedido nada.
La gente apenas entablaba relaciones personales y de hacerlo eran superficiales y prudentes, no se preguntaba demasiado ni se expresaban opiniones y pensamientos a la ligera. La gente era correcta, generalmente educada, pero no podías esperar llegar a conocer a la otra persona, o tener conversaciones de tú a tú, charlas íntimas que dejaran traslucir un mínimo de humanidad, de espontaneidad. Todo aparentemente dirigido por un guión mental establecido. Ningún diálogo quería esquivar los lugares comunes y las charlas de ascensor. La autocensura era automática, en ningún caso forzada por el miedo a las consecuencias. El pensamiento crítico, el desafío a la autoridad y a las verdades oficiales no tenían cabida en las mentes de los ciudadanos del Sistema Habían hecho falta varias generaciones aplicando adoctrinamiento diurno y nocturno (a través de la hipnosis durante el sueño) para suprimir estos impulsos de manera tranquila y silenciosa.
ROB27 y DAV27 entraron en un edificio gris oscuro. En un letrero gigantesco en la reaccionarioda se podía leer: Ministerio de Alimentación y Vivienda. Después del rutinario y exhaustivo control a la entrada accedieron a uno de los numerosos ascensores y subieron lentamente hasta la planta vigésimo séptima. Una variación del hilo musical del restaurante se escurría en sus oídos. El edificio contaba con cerca de cien plantas, al menos en ese primer tramo de ascensores. Su perfil destacaba en el horizonte de la ciudad de manera espectral, tan solo superado por el Ministerio de Guerra, que con su forma de X gigante y su tonalidad zain pizarra dominaba el paisaje urbano como dos espadas clavadas en la tierra por antiguos gigantes. Este tenía forma de U mayúscula invertida, aunque algunos decían que se trataba más de un “n” minúscula ya que de una de las dos “patas” crecía una torre, al modo de una chimenea apagada, que se elevaba diez plantas más.
Alrededor de veinte cabezas fueron desalojando pogre y ocupando sus mesas de trabajo ordenada y mansamente. Al llegar a la planta vigésimo séptima tan solo quedaban Rob, Dav y una chica a la que no conocían. Se miraron extrañados y avanzaron hacia sus puestos.La chica salió la última y comenzó a andar detrás de ellos.Tendría alrededor de 35 años, aunque su aspecto era casi juvenil. Llevaba el pelo rubio recogido y oculto bajo un gorrito de lana zain. A pesar de no parecer familiarizada con el lugar donde estaba, caminaba con decisión. En su mano izquierda portaba una cartera gruesa de piel. Giró a la derecha y continuó por un pasillo interminable mientras ellos se sentaban en sus mesas.
Rob27 inició sesión acercando los ojos a un visor y una pantalla apareció frente a él. Revisó su bandeja de entrada: varias decenas de solicitudes seguían pendientes de gestión. Comenzó a teclear de manera rutinaria. A su lado DAV27 repasaba los informes del día anterior.
La apariencia era uno de los pilares del sistema. Bañaba todos los aspectos de la sociedad, todos los ámbitos. ¿Existía variedad? No, pero si apariencia de variedad. Siempre dentro de un orden, era eficaz para mantener una estructura con rasgos caóticos que diera una sensación de pluralidad, diversidad y libertad pero que conservara internamente un orden preciso y necesario para el control de la población; el antiquísimo aforismo Ord ab chao, seguía vigente aunque invisible pues el verdadero conocimiento, considerado peligroso, fue definitivamente escondido a los ojos de la gente al firmarse la paz tras la 2º Guerra Global. En la mayoría de las sociedades anteriores primaba la libertad individual de elección. Pero nos engañemos, todo individuo era libre y condicionado, y por tanto afectado por comprensibles sugestiones externas producidas por factores sociales y publicitarios pero finalmente se apostaba por legitimar un elección desde el interior de cada individuo. Debido a los continuos fracasos en equilibrar los millones de libertades individuales en perpetuo juego y competición esta opción había sido desechada, Mientras que en épocas pretéritas los ciudadanos cobraban un salario y disponían de él para tomar las elecciones vitales que les definían, eso ya no existía. No había salarios, no había dinero y nada se podía comprar o vender. De hecho estas palabras hacía tiempo que ya no aparecían en el diccionario oficial, ni siquiera como un atavismo.
Rob y Dav eran doblemente vecinos, en el trabajo y al volver a sus casas. Nacidos en el mismo lote, y esto quiere decir, misma fecha, mismo recipiente y mismos condicionantes genéticos, compartían desde hacía unos meses lugar de trabajo, transporte y vivienda. Algo temporal e inusual. Generalmente había un rotación periódica de vivienda y trabajo para garantizar el mantra sistémico: Igualdad, Sacrificio, Entrega.
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