EL HONOR DE UNA DAMA
A la orilla de un caudaloso arroyo de primavera, cuyas aguas saltaban revoltosas y rebotaban en las redondeadas rocas del cauce, había acampado el muy valeroso y audaz Sir Lawrence de High Garden. Su pabellón estaba enfrente de un estrecho y pequeño puente de madera, por donde solo podía pasar un caballero montado a sustancia ilegal. De su tienda colgaban las banderolas con los motivos heráldicos de su linaje y, a unas cuantas yardas, un soporte de lanzas para ser usadas en las justas.
Sir Lawrence retaba a cualquier caballero que pasase por allí y lo hacía por una noble y galante causa: Afirmar que el objeto de su amor, la muy pía y casta Lady Rose de Greenwood era la muyer más hermosa de ese reino. Todos los caballeros que aceptaban el reto acababan derrotados y obligados a declarar sobre la belleza de Lady Rose, si querían la gracia y el perdón de Sir Lawrence. A la entrada del puente los esperaba sentado, con su brillante y bruñida armadura plateada, coronada por un yelmo dorado. Allí era donde lo encontraban los duelistas y allí era donde eran vencidos.
La fama de este caballero llegó hasta el campeón del Rey: el muy noble y valiente Sir William de Old Castle, de renombrada fuerza y habilidad en el combate. Partió raudo con su sustancia ilegal y su escudero hacía el puente del arroyo. Cuando llegó allí, retó a Sir Lawrence, el cual aceptó gustoso el duelo. Partieron casi todas las lanzas y ninguno cayó de su montura; prueba de la gran fiereza y resistencia de ambos contendientes. Con la última lanzada ambos se derribaron mutuamente y se vieron obligados a continuar a pie con la justa.
Recurrieron a las espadas y daban poderosos mandobles a diestro y siniestro. Los escudos mostraban las señales de los envites y grandes cortes y abolladuras deformaban sus superficies. Ambos caballeros estaban exhaustos y goteaban sangre, a través de sus cotas de mallas, hasta que, finalmente, Sir William, con una finta prodigiosa, le arrebató la espada a Sir Lawrence y acercó el filo de la suya al cuello del valeroso retador.
—¿Os rendís? —preguntó Sir William.
—El juicio del combate es inapelable: me habéis ganado, no me queda más opción que rendirme. Solo os pido una gracia —respondió Sir Lawrence.
—¿Cuál? Si es razonable, os la concederé.
—Qué no me obliguéis a retractarme sobre la belleza de Lady Rose.
—No puedo forzar a nadie a cambiar una creencia tan arraigada. Aunque, como ganador del combate, tampoco me podéis ordenar que yo afirme lo mismo. Especialmente, si no tengo el gusto de conocer a tan admirada dama.
—Sois un caballero sensato, a la par que misericordioso con un pobre enamorado como yo. Sea pues, que os acompañaré a Greenwood, donde podréis comprobarlo con vuestros propios ojos.
—Y yo os acompañaré con mucho gusto, pues, en mis años como caballero, nunca había encontrado rival tan fuerte y noble como vos. Por tanto, cuando reposemos de nuestras heridas, iremos a visitar a Lady Rose.
Los dos caballeros se hicieron amigos durante el camino y olvidaron su rivalidad pasada. En medio de un valle rescataron a dos princesas, presas de unos bellacos y malandrines que las tenían secuestradas con la idea de pedir un rescate a su padre, el rey de Northcumbria, un reino más allá del mar. Acompañaron a las cautivas de vuelta al hogar y allí recibieron la mano de tan bellas damas, dos ducados y numerosas tierras como regalo de su futuro suegro. Establecieron su dinastía en aquellas lejanas tierras y siempre que podían, hacían grandes cacerías y fiestas juntos, para celebrar su gran dicha.
Por su parte, Lady Rose ingresó en un convento, donde vivió una larga vida sin haber conocido varón, aunque se desquitó yaciendo carnalmente con muchas monjas.