El último trabajador de Playmobil asiste al desguace de su fábrica en Alemania
En Dietenhofen, sur de Alemania, las máquinas que moldearon los clásicos clicks ya no funcionan. Playmobil ha iniciado el desmantelamiento de su última planta en el país, según anunció en febrero. La razón oficial: los costes de producción se han vuelto insostenibles frente a alternativas más baratas en otros países europeos. Solo un empleado, Michael Ulbrich, se niega a irse y presencia cómo empresas externas vacían las instalaciones.
La paradoja del cierre es que la misma compañía mantiene activa otra planta en el mismo municipio, Lechuza, dedicada a macetas. El argumento de los costes choca con una realidad energética: la electricidad en Alemania es entre un 40% y un 60% más cara que en Francia, y la burocracia laboral —los llamados "standortnachteile"— encarece aún más el empleo. Los salarios en destinos como Malta o República Checa son un tercio, y los impuestos, una anécdota.
El debate sobre la deslocalización industrial alemana lleva meses enconado. Algunos analistas vinculan la pérdida de competitividad con la política energética posterior a 2022: el abandono nuclear y la dependencia de gas caro. Otros señalan que la rigidez laboral y los altos impuestos expulsan a la industria tradicional. Mientras, la producción de juguetes se traslada a países con costes más bajos, pero la pregunta incómoda es si Playmobil —con su diversificación a figuras "woke"— podrá mantener el margen en el nuevo escenario.
El cierre no es un caso aislado: Alemania ha visto cómo su sector industrial pierde fuelle. Pero el símbolo de un icono de la infancia desmontado pieza a pieza golpea más. Con un solo empleado de testigo, la última fábrica de clicks en suelo alemán es ya historia.